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El imperio soviético del ajedrez: auge, esplendor y caída de una maquinaria formidable

2026-01-29 - 19:41

En tiempos en los que Ronald Reagan era presidente de los Estados Unidos, dijo que la Unión Soviética era “el imperio del mal”. Una frase tan drástica, quizá sea demasiado absolutista, y no convenga a los designios humanos. Pero hay un ámbito, en el que sí puede afirmarse con total certeza, que la Unión Soviética fue un imperio avasallante: el ajedrez. Llegó a tener tal dominio del noble juego que la URSS era superior al resto del mundo en materia de ajedrez, como se verificó en el match URSS-Resto del Mundo, que tuvo lugar en Belgrado 1970. Tal vez ese encuentro fue “su hora mejor”, como diría Winston Churchill. Hagamos una síntesis de su historia ajedrecística... ¿Cómo llegó a tener semejante supremacía? Todo comenzó ya en el tiempo de los zares. El ajedrez era popular en Rusia. Lo habitual era decir que, en aquellos climas fríos, las actividades de puertas adentro tenían prevalencia sobre las demás. También uno puede pensar que el carácter de los rusos era dado a la concentración que exige el ajedrez. Una vez consumada la revolución de 1917, sus principales dirigentes -y aquí cabe recordar que Vladimir Lenin era un entusiasta aficionado al ajedrez– encontraron que el juego podía ser una de las puntas de lanza para exhibir ante el mundo los logros del comunismo, además de un foco de interés de bajo costo para el pueblo ruso. Se organizaron torneos internacionales y los campeones mundiales de aquellos tiempos, Emanuel Lasker y José Raúl Capablanca, visitaron el país dando exhibiciones. Y sobre la base ya preexistente, se fue gestando la cultura ajedrecística en una población cada vez más calificada. “Palacio de pioneros”, “Departamento de cultura”, eran nombres bajo los cuales se organizaban torneos de ajedrez con el control del estado totalitario. A medida que los resultados deportivos pusieron a la Unión Soviética por delante de los demás países, la propaganda del régimen comunista se encargó de ensalzar las virtudes “socialistas” del ajedrez, por encima de los “frívolos e individualistas” deportes capitalistas. El patriarca del ajedrez Pero además de la estructura se necesitaba un líder, un jugador que pudiera competir con los mejores del mundo. Y ese líder surgió, se convirtió en campeón del mundo, y fue el patriarca del ajedrez soviético. Se llamó Mijaíl Botvinnik (1911-1995) y era ingeniero de profesión. Su importancia en el ajedrez fue superlativa. Se declaró un fiel comunista, y contó con el apoyo irrestricto del partido. Pudo viajar al exterior y dedicar su tiempo al ajedrez. Creó las condiciones para lo que fue la escuela soviética de ajedrez. Fue el primero en desarrollar un sistema de trabajo profesional en torno al juego. Su nivel de preparación estaba por encima de la de sus contemporáneos. Pero no sólo estaba Botvinnik. Otro jugador que también llegó a campeón del mundo, diez años más joven, fue Vasily Smyslov (1921-2010). Y aún un tercero, tan bueno como ellos, aunque producto de las anexiones políticas resultantes de la Segunda Guerra: el estonio Paul Keres (1916-1975), también llamado el “campeón sin corona” porque durante 30 años estuvo batallando por ser campeón mundial sin conseguirlo, pese a su alto nivel de juego. La Segunda Guerra fue un factor, porque en la medida en que fue posible, en Rusia se siguió jugando al ajedrez, y cuando el conflicto terminó, de repente la URSS emergió como la primera potencia ajedrecística mundial. Como el campeón vigente, el también ruso pero exiliado Alexander Alekhine, falleció en 1946, se organizó un torneo para decidir al campeón. Participaron los tres mencionados: Botvinnik, Smyslov, Keres, y además el ex campeón mundial, Max Euwe, de Holanda, y el estadounidense Sammy Reshevsky. Otro norteamericano, Ruben Fine, desistió de competir. Al ganar ese torneo Botvinnik, en 1948 comenzó oficialmente la tiranía del ajedrez soviético. Ella se cimentó en las Olimpíadas, donde ejercieron un dominio aplastante. Durante doce Olimpíadas consecutivas, desde 1952, la primera en que participaron, y 1974, la URSS consiguió siempre el primer puesto, habitualmente con gran ventaja sobre el segundo. Hubo un interregno en los años 76 y 78. En el primero, por motivos políticos, el bloque soviético boicoteó la Olimpíada de Haifa en Israel, como también hiciera con los Juegos Olímpicos de Montreal ese mismo año. Pero en 1978 y en Buenos Aires, Hungría, liderada por el formidable Lajos Portisch, realizó la hazaña de relegar a los rusos. Aunque para ese entonces, el aparente inconmovible imperio soviético del ajedrez ya había experimentado una suerte de terremoto con el nombre de Bobby Fischer. Un fenómeno que alteró todo El éxito del programa de ajedrez de la URSS se podía constatar con la incesante producción de ajedrecistas sobresalientes. Generación tras generación aparecían como de la nada jugadores con nivel para ser campeones del mundo. Cuando fue pasando la época de Botvinnik, desfilaban nombres muy familiares para todo aficionado al ajedrez: Mijaíl Tal (1936-1992), Tigran Petrosian (1929-1984), Boris Spassky (1937-2025), Viktor Korchnoi (1931-2016). Y luego, una pléyade de maestros de altísimo nivel aseguraba, o así parecía, la supremacía absoluta de la URSS en el mundo del ajedrez. Sin embargo, un sólo hombre fue capaz, primero de jaquear y luego de derribar, a todos los mejores exponentes del imperio. La de Robert “Bobby” Fischer (1943-2008) es una de las mayores hazañas del deporte, el triunfo del individuo frente al Estado. Años después se dieron a conocer documentos secretos de la estructura de poder de la URSS vinculada con el ajedrez y en ellos se registra que los jefes exigían a los diferentes maestros a presentar planes, ideas, trabajos de aperturas para vencer a Fischer. Se les pidió que trazaran un dossier con los rasgos salientes del estadounidenses, tanto en lo psicológico como en lo técnico. Todos los mejores jugadores dieron sus consejos e hicieron sus aportes para ayudar a derrotar a Fischer. Fue en vano. En cada nueva competencia en que se presentaba Fischer, jugaba mejor que en la anterior. Era una fuerza de la naturaleza. En su ascensión final hacia el cetro, en 1971, a Fischer primero le tocó Mark Taimanov. Vale la pena detenerse un poco en este encuentro, porque es ilustrativo acerca del modus operandi del régimen soviético. Taimanov era un gran maestro muy bueno y se preparó bien, con toda la ayuda que la escuela soviética le pudo proporcionar. Pero Fischer lo vapuleó con un lapidario seis a cero, sin tablas. El retorno a Moscú de Taimanov fue muy amargo para él, según contó años más tarde. No sólo cargaba sobre sus hombros con una derrota humillante; en la aduana del aeropuerto, contra lo que era costumbre, le revisaron la valija, y allí encontraron el libro “Archipiélago Gulag”, del ruso exiliado en occidente Alexander Solyenitsin, donde se denunciaban las atrocidades del régimen. Taimanov fue castigado con la quita de su estipendio de maestro y se le impidió viajar al exterior para competir. Una muestra de que así como el sistema daba, también quitaba. El temor cundió en las altas oficinas del partido comunista: para el siguiente escalón, Tigran Petrosian se preparó como nunca y llevó a Buenos Aires (1971), donde se efectuó el match con Bobby, una gran delegación con analistas y ayudantes. El acontecimiento fue extraordinario, con interesantes peripecias, pero el resultado final fue un claro triunfo de Fischer. Sólo quedaba Spassky, otro gran campeón. El match de Reikyavik, Islandia (1972) pasó a ser un ícono de la Guerra Fría, pero en el plano deportivo el triunfo de Fischer, que implicaba la derrota de la escuela soviética, fue incontestable. El imperio contraataca La gesta de Fischer sólo tuvo un efecto circunstancial y limitado. En parte por culpa del propio Fischer, cuyo carácter imprevisible y desconcertante lo llevó a abandonar el ajedrez una vez conseguido el objetivo de su vida. Pero, por otra parte, la fuerza intrínseca del ajedrez soviético se mantenía en funcionamiento. Había surgido una nueva estrella con nivel de campeón del mundo: Anatoli Karpov. Cuando en 1975 se proclamó como tal, en vista de la deserción de Fischer, las cosas parecieron encajar en el lugar que tenían antes del advenimiento del norteamericano. Sin embargo, y de inmediato, una nueva amenaza, esta vez salida del nido mismo del imperio, vino a conmover a los soviéticos, tanto a nivel deportivo como a nivel político. En 1976, uno de los más fuertes y connotados ajedrecistas rusos, Viktor Korchnoi, harto de las restricciones de que era objeto en la república de los soviets, se exilió en occidente. Era de por sí una noticia inquietante porque se trataba de uno de los mejores jugadores del mundo, pero lo fue aún más cuando se advirtió, que pese a tener más de 45 años, una edad en la que la mayoría de los ajedrecistas comienza a declinar, se volvía cada vez más fuerte y pasó a vencer a sus ex compatriotas, Petrosian, Polugaievsky y Spassky, uno tras otro, mostrando un gran nivel de juego, y constituyéndose en el rival de Karpov por el cetro mundial. El match de Baguío 1978, en Filipinas, fue un terremoto deportivo y político. La tensión entre ambos era irrespirable. Ante la reducida delegación de Korchnoi, los soviéticos presentaron un equipo numerosísimo, con analistas de primera calidad, y otros ayudantes variados que incluían fisioterapeuta, cocinero y un misterioso psicólogo (Vladimir Zukhar) cuya principal misión consistía en sentarse en las primeras filas del auditorio y mirar fijo a Korchnoi mientras se disputaba el match. Korchnoi casi enloqueció exigiendo una y otra vez que se retirara del lugar ese siniestro personaje. Y hasta llegó a usar anteojos de sol para evitar “ser hipnotizado” por Zukhar. No fue la única de las presiones antideportivas que esta buena gente ejerció sobre el emigrado. La más grave fue que no se permitió a su esposa e hijo a dejar la URSS. Aún con toda esta presión dirigida a su rival, que además era 20 años mayor, Karpov sólo consiguió la victoria por la mínima diferencia al ganar la última partida. El imperio respiraba de vuelta, aunque como ya vimos, ese mismo año recibieron otro disgusto al ser relegados por Hungría en la Olimpíada de Buenos Aires. Tal vez podía interpretarse como consuelo, aunque de manera forzada, que las malas noticias eran producidas desde el mismo seno del bloque soviético. La caída La llegada del siguiente genio del imperio, Garry Kasparov, casi coincidió con la caída del Muro de Berlín. Aquél consiguió ganar el Campeonato Mundial en 1985 y el Muro cayó en 1989. Muchas de las naciones que integraban la URSS, y que aportaban grandes maestros a su estructura ajedrecística, pasaron a ser países independientes. Cito una curiosidad: San Petersburgo recuperó su antiguo nombre, en lugar de Leningrado, como se llamó durante los tiempos de la URSS, pero la variante Leningrado, de la apertura Holandesa, se sigue llamando así, como un mudo testimonio de lo que fue el ajedrez soviético. A los pocos años de la caída del muro, otra revolución, en este caso de los usos y conductas humanas: el advenimiento de internet también causó un gran impacto en el ajedrez. Como con la imprenta de Gutemberg en el siglo XV, los conocimientos se difundieron con rapidez por todo el mundo. Ya no era necesario estar situado en un determinado lugar para aprender el ajedrez de excelencia. Surgieron campeones y maestros de elite de diferentes lugares del mundo, como por ejemplo, Anand, de la India, o Carlsen de Noruega, por citar a recientes campeones del mundo. La base de lo que era la URSS en el ajedrez pasó a ser Rusia. Aún con todos esos cambios, el ajedrez ruso seguía siendo eminente. Pero desde entonces la competencia es mucho más repartida, y ya no se puede asegurar que los rusos sean los mejores. Un dato que expone esta evidencia es que la última Olimpíada ganada por Rusia fue en Bled 2002 (Eslovenia), la última también, en que participó Kasparov, como si fuera un corolario con fecha de caducidad. En cambio, desde entonces, sí ganaron la Olimpíada algunos de los países que formaban parte de la URSS: Armenia, Ucrania, Uzbekistán. Como si estuvieran reclamando una vieja deuda. Así pues, una combinación de factores políticos, técnicos, históricos, y ajedrecísticos, causaron el descenso de esa maquinaria formidable que fue el ajedrez de la URSS.

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