El destino que Marco Aurelio aceptó con la protección y el apoyo de los dioses
2026-03-22 - 03:10
¡Cuidado! No te conviertas en un césar [...]. Mantente, por tanto, sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable, firme en el cumplimiento del deber. Lucha por conservarte tal cual la filosofía ha querido hacerte. [...] En todo, procede como discípulo de Antonino. Marco Aurelio Aunque procede de dos grandes familias aristocráticas, nada destina a Marco Aurelio a convertirse en emperador. Su abuelo paterno, Annio Vero, fue senador y prefecto de Roma, dos de los cargos públicos más altos, y su nieto tiene casi seguro el Senado; pero el título de emperador sólo se puede otorgar a un descendiente directo del emperador o, en su defecto, a un hombre al que éste adopte y designe como su sucesor. Dion Casio afirma que existe una lejana relación de parentesco entre el emperador Adriano y Marco Aurelio, a través de su ascendencia materna. Pero lo mismo ocurre con numerosos hijos de nobles, en una época en la que las grandes familias aristocráticas romanas tejían numerosas alianzas, entre ellas a través de los matrimonios. Como Adriano no tiene ningún descendiente directo y su salud se deteriora con el paso de los años, la cuestión de la sucesión se plantea con fuerza cuando Marco Aurelio es adolescente. En un primer momento, ante la estupefacción de todos, Adriano adopta y designa como sucesor a un hombre de 36 años con una trayectoria política insignificante: Ceyonio Cómodo. El especialista en la Roma antigua Jérôme Carcopino propuso una hipótesis muy seductora para explicar esta misteriosa adopción, que coincide con el fallecimiento de la esposa de Adriano, Vibia Sabina, con la que no pudo tener hijos. Cómodo sería el hijo oculto de Adriano, que habría tenido con una tal Plautia, y el emperador habría esperado el fallecimiento de su esposa para designar a su hijo natural como su sucesor a la cabeza del Imperio. Cómodo tiene un hijo, Lucio Ceyonio, al que parece destinado el Imperio cuando suceda a su padre. Pero Adriano también quiere acercar el poder a Marco Aurelio, puesto que pide al joven, que tiene 15 años, que se prometa con la hija de Cómodo, Ceyonia Fabia. Adriano conoce bien a Marco y aprecia su rectitud y su pasión por la búsqueda de la verdad, puesto que, jugando con humor con su apellido (Vero, que significa ‘verdadero’), lo apodaba «Verísimo» (‘perfectamente verdadero’). El 31 de diciembre del 137, menos de dos años después de su adopción, Cómodo fallece, muy probablemente de tuberculosis. Esta vez, Adriano adopta y designa como sucesor a un hombre con experiencia y valorado por sus grandes cualidades morales: Aurelio Fulvio Boionio Arrio Antonino, el futuro emperador Antonino. Adriano le pide que adopte, a su vez, a Lucio Ceyonio, el hijo de Cómodo, y a Marco Aurelio. Antonino está casado con una tía del joven; por lo tanto, lo conoce muy bien y lo aprecia. Esta adopción, que lo acerca todavía más al poder, no es muy del agrado de Marco Aurelio. Este último debe abandonar sus moradas familiares del monte Celio para ir a vivir al monte Palatino, en el palacio de Adriano. Los historiadores antiguos refieren la angustia del joven, que no aspira en absoluto al poder y se siente más atraído por los estudios intelectuales. Por otra parte, es muy emotivo, está muy apegado a su familia y a quienes lo han criado, y no tiene ningunas ganas de dejarlos para irse al palacio imperial. También es consciente de sus limitaciones: ¿su gran sensibilidad le permitirá ejercer los importantes cargos públicos con firmeza? ¿Tendrá la salud necesaria? ¿Poseerá la paciencia requerida para soportar los juegos hipócritas de la corte? Como ya he comentado, Dion Casio y el autor de la Historia Augusta refieren un sueño que tuvo Marco Aurelio la víspera de la adopción de Antonino por Adriano y, por lo tanto, de su propia adopción por Antonino, que lo coloca en el centro del poder romano. Cuando era presa de estas dudas, «tuvo un sueño en el que tenía los hombros de marfil y, cuando se le preguntó si serían aptos para soportar una carga, de repente los notó más fuertes de lo normal». Este sueño se hace eco del mito griego de Pélope, que fue asesinado y desmembrado en la infancia por su padre, Tántalo. Este quiso probar la omnisciencia de los dioses y les sirvió a su hijo para comer durante un banquete. Los dioses no se dejaron engañar por la superchería, excepto Deméter, que se comió un hombro de Pélope. Los dioses devolvieron la vida a Pélope y le fabricaron un hombro de marfil para sustituir el que Deméter había devorado. Este sueño convence a Marco Aurelio de aceptar la adopción. Hemos visto que la filosofía había enseñado al joven adolescente a desconfiar de los discursos de los innumerables adivinos y charlatanes que pululaban por Roma para predecir el futuro. Pero, como la mayoría de los romanos de su tiempo, Marco Aurelio cree en los sueños premonitorios y está convencido de que los dioses, que velan por los destinos humanos, pueden manifestarse de esta manera. Al final del primer libro de las Meditaciones, agradece a los dioses «sus comunicaciones, sus socorros y sus inspiraciones» y precisa un poco más adelante que ha «recibido, a través de sueños, remedios». Aunque el poder le da miedo y ya tiene conciencia de todas las trampas que encierra, Marco Aurelio acepta su destino y cree en la protección y el apoyo de los dioses para permitirle asumir las pesadas cargas que le están destinadas. Ya sabe también que puede contar con la filosofía, y con sus preceptores, para ayudarlo a mejorar su juicio y a perfeccionar sus cualidades morales, para no sucumbir a las tentaciones del poder, sobre todo al orgullo y la vanidad, vicios que no dejará de denunciar en sus Meditaciones. Sin embargo, ¿ya tiene la intuición de que reinará sobre el Imperio? Es posible, aunque el escenario más probable, establecido por Adriano, es que el joven Lucio Ceyonio sea el elegido para suceder a Antonino y que sea respaldado por Marco Aurelio. Pero Antonino decidirá otra cosa. Seis meses más tarde, el 10 de julio de 138, fallece Adriano. Antonino es consagrado emperador y, acto seguido, designa a Marco Aurelio como cónsul y le confiere el título de césar. También le pide al joven que rompa su compromiso con la hija de Cómodo, la hermana de Lucio Ceyonio, para prometerlo con su propia hija, Faustina. La niña, de sólo 6 años, es la única superviviente de los cuatro hijos de Antonino y estaba entonces prometida con Lucio, que tenía la misma edad que ella. Con estos actos, Antonino designa claramente a Marco Aurelio como su futuro sucesor, en detrimento de Lucio, su otro hijo adoptivo. Marco Aurelio tiene 17 años. Sabe que sucederá un día a Antonino y que debe prepararse para ejercer el poder supremo. Para ello puede contar con sus numerosos maestros, algunos de los cuales se convertirán en amigos. Pero, sobre todo, intentará imitar la personalidad de Antonino y su manera de gobernar. En el primer libro de las Meditaciones, en el que reconoce sus deudas hacia todos los que lo criaron y formaron, no cita a Adriano. Como escribe su biógrafo Benoît Rossignol: «Es cierto que a Adriano sólo le debía un Imperio, lo que no era nada para él». No lo aprecia demasiado, como la mayoría de sus contemporáneos, a causa de la inestabilidad de su carácter, la ligereza de sus costumbres y su crueldad (manda asesinar a numerosas personas que le hacían sombra). En cambio, Antonino, con quien aprenderá a reinar durante cerca de veintitrés años, es el más alabado. Mientras que reserva sólo breves párrafos, incluso algunas líneas lapidarias, para rendir homenaje a sus padres y formadores, dedica varias páginas —tantas como a los dioses— a su padre adoptivo. El texto merecería ser citado íntegramente, ya que, al margen de la personalidad de Antonino, expone todas las cualidades que Marco Aurelio considera que posee para convertirse en un ser humano realizado y para gobernar bien el Imperio. Por otra parte, es probable, según el testimonio de los historiadores antiguos, que acabara por poseerlas también, porque se esforzó durante toda su vida por parecerse a este modelo viviente, al lado del cual vivió diariamente desde los 17 hasta los 40 años. Su padre adoptivo se atribuyó desde el inicio de su reinado el apodo de «Piadoso» (pius), no por una piedad religiosa exacerbada, sino para señalar que respetaba a los dioses, las tradiciones y a sus padres, empezando por su padre adoptivo, Adriano, al que conferirá todos los honores póstumos, a pesar de la oposición del Senado. En el retrato que hace de él, Marco Aurelio señala las numerosas cualidades morales de Antonino, empezando por su desprecio por los honores: el «no vanagloriarse con los honores aparentes», su capacidad para «reprimir las aclamaciones y toda adulación dirigida a su persona», su falta de «disposición para captar el favor de los hombres mediante agasajos o lisonjas al pueblo» y «su complacencia, exenta de envidia, en los que poseían alguna facultad». A esta humildad y ausencia total de vanidad, Marco Aurelio añade unas cualidades del corazón, como «la mansedumbre», «la sociabilidad», «su trato afable», «el consentir a los amigos que no asistieran siempre a sus comidas y que no lo acompañaran en sus desplazamientos». Señala también su «amor al trabajo y la perseverancia», «el examen minucioso en las deliberaciones y la tenacidad, sin eludir la indagación» y su capacidad de «estar dispuesto a escuchar a quienes podían contribuir a la comunidad». Pero lo que parece haber marcado más a Marco Aurelio es su sentido de la mesura y su perfecto dominio de sí mismo: «la experiencia para distinguir cuándo es necesario un esfuerzo sin desmayo, y cuándo hay que relajarse»; «el celo por conservar a los amigos, sin mostrar nunca disgusto ni apasionamiento excesivo»; «el cuidado moderado del propio cuerpo, no como quien ama la vida, ni con coquetería ni tampoco negligentemente»; «no fue ni cruel, ni hosco, ni duro», sino que «todo lo hacía calculado con exactitud, como si le sobrara tiempo, sin turbación, sin desorden, con firmeza, concertadamente». Marco Aurelio concluye así este retrato intachable: «Encajaría bien en él lo que se recuerda de Sócrates: que era capaz de abstenerse y disfrutar de aquellos bienes cuya privación debilita a la mayoría, mientras que su disfrute los lleva a abandonarse a ellos. Su vigor físico y su resistencia, y la sobriedad en ambos casos, son propiedades de un hombre que tiene un alma equilibrada e invencible, como demostró durante la enfermedad que lo llevó a la muerte».