TheArgentinaTime

El desafío de transformar un prontuario en currículum

2026-03-22 - 03:20

Nadie expone su prestigio personal permitiendo que su nombre se asocie con un estafador. Se tarda mucho en construir una reputación y muy poco en destruirla. Quien carece de ella, no goza de respeto ni de crédito. Su sola cercanía puede contaminar a quien lo acompañe. Se necesitan años de conducta intachable, sin ninguna excepción, para recomponerla. Y con suerte se puede abreviar el camino si se logra que otro, cuyo renombre acredite sus palabras, asuma el riesgo de respaldar con las propias las promesas del embustero. Quizás el mayor provecho de la Argentina Week, efectuada la semana última en Nueva York, fue conseguir que Jamie Dimon, CEO de JP Morgan Chase & Co., el mayor banco de los Estados Unidos y uno de los más prestigiosos del mundo, haya dado apoyo explícito al gobierno argentino al ofrecer su nueva sede corporativa para el seminario y pronunciar las palabras de apertura. El evento contó también con sponsors del calibre del Bank of America y el Citibank, en cuyas sedes se realizaron otras sesiones. Lo damos como natural, pero ningún país con nuestro prontuario pudo ni podrá emularnos. En eso también somos únicos y, por lo visto, nadie recordó a los amables anfitriones la fábula de la rana y el escorpión. Esos bancos no ignoran la gravitación que tendrá el respaldo que dieron a Javier Milei aun a sabiendas de que su mandato termina el año próximo. De modo que su aval también implica la creencia de que la Argentina ha ingresado en un rumbo que será continuado en el futuro. Por ello, no se debe malgastar ese activo valiosísimo con disputas barriales, pues recuperar la credibilidad beneficiará a todos los argentinos. Este punto es crucial. Nuestro país solo podrá salir adelante si convierte su prontuario de camelos en un ideario de valores y políticas de Estado. Para reactivar, crecer, emplear y producir se necesita que ingresen capitales, abjurando del palabrerío populista cuyos verbos solo se conjugan gastando. Ese es el orden de los factores: primero la confianza y luego la expansión, no a la inversa. Las fórmulas que ignoren esa secuencia virtuosa serán alquimias discursivas destinadas al fracaso. Según reza nuestra ficha, hemos aplaudido el mayor default de la historia; tuvimos la mayor inflación de América Latina después de Venezuela, con un riesgo país similar al de Zambia, Haití o Somalia y un nivel de pobreza inmoral en nombre del Estado presente. Detrás de cada peso que se emite y de cada bono que coloca, hay 9 defaults, 13 ceros suprimidos, 2 hiperinflaciones, 24 asistencias del FMI y tantas rupturas de contratos que hemos sido el más demandado ante el CIADI. Y si de prontuarios se trata, agreguemos los abrazos con Fidel Castro, las alianzas con Hugo Chávez, el maltrato a George W. Bush en la Cumbre de las Américas (2005), la incautación de material militar estadounidense por el ex canciller Héctor Timerman (2011), la condecoración a Nicolás Maduro (2013), el Memorándum con Irán (2013) y el asesinato del fiscal Alberto Nisman (2015). Desde la neutralidad durante la Segunda Guerra casi siempre hemos elegido el lado equivocado de la historia. La Argentina no es el primer país que debe transitar la áspera senda de la reconversión económica para alinear su estructura productiva a las exigencias del nuevo orden mundial. Pero es el único que debe hacerlo sin moneda ni crédito alguno. A pesar de nuestros recursos naturales, hemos ido por el mundo en taparrabos, llorando miserias, luciendo billetes con las cicatrices de trece ceros extirpados y ocultando en colchones o cuentas offshore unos 400,000 millones de dólares que están fuera del sistema. Esa experiencia la vivieron las naciones que se integraron a la Comunidad Económica Europea (Unión Europea en 1993) luego de su creación, como la pobre Irlanda en 1973, Grecia en 1981, España y Portugal en 1986 y las de Europa del Este en la década siguiente. Sus esfuerzos fueron retribuidos con prosperidad e inclusión social como lo prueba Polonia, cuya economía es ahora la 20a del mundo gracias a la fortaleza de su currículum. Pero todas ellas contaban con una red de seguridad: la adopción de euro como moneda y el acceso al crédito a tasas internacionales. La Argentina no tiene el respaldo de la Unión Europea sino la carga del Mercosur, que la mantiene rezagada. Carece de moneda y su autoinfligida orfandad la expone a los vaivenes de un mundo impiadoso, que busca resultados, no palabras. No tiene las ventajas que brinda la disciplina comunitaria ni un mercado común para prosperar. Por eso, los esfuerzos tendientes a estrechar alianzas con la UE, los acuerdos con Estados Unidos, las áreas de libre comercio, las estrategias de nearshoring y el apoyo de los bancos en la Argentina Week, son formas de ganar credibilidad remando en solitario y tratando de superar un pasado que gravita sobre el riesgo país. Pero el peronismo es impenitente. Desconoce que aquella extensa lista de fracasos es de su autoría, fruto de una histórica subestimación por el equilibrio fiscal y la seguridad jurídica. La eventual creación de un frente nacional multipartidario con eje en el peronismo para las elecciones del año próximo es lo que ahora impulsa Miguel Pichetto, quien dialoga con Cristina Kirchner al respecto. “Recuperar el país, poner en marcha la obra pública, la industria argentina, el trabajo y la mejora de salarios, que están destruidos”. La fraseología viene de lejos. Al reivindicar la producción y la industria en contraposición a la apertura y las finanzas, recuerda el mensaje de Héctor Cámpora el 25 de Mayo de 1973, que sentó las bases del posterior Rodrigazo. La sugerencia de una reforma impositiva “inteligente” para financiar ese programa sin haber resuelto antes la ausencia de moneda, solo puede significar mayores retenciones al campo, el regreso de las SIRA y nuevos subsidios para preservar ineficiencias. O, con cierta picardía, una apuesta a que el boom exportador a partir del año próximo pueda sufragar los desajustes sin necesidad de limpiar nuestro vergonzoso prontuario. La obra pública, la industria argentina y el empleo no fueron destruidos ahora, sino por medidas del pasado que gravitan sobre el presente. Los millones de jubilados sin aportes, la expansión del empleo público, los subsidios sociales y económicos, la eliminación de las AFJP, la incautacíón de YPF y la corrupción como directriz de la gestión estatal, son baldones que no se pueden borrar de un plumazo. Y mucho menos, si el peronismo pretende reivindicarlos como plataforma de una coalición futura, echando por la borda la credibilidad ganada para transformar en buen currículum un prontuario tan denso como extenso.

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