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El cine, reflejo continuo de los traumas de una época

2026-03-21 - 03:10

Buena parte de la historia del cine argentino a lo largo de las últimas cuatro décadas y media se escribió a partir del viaje, repetido una y otra vez, a los tiempos oscuros de la dictadura militar iniciada exactamente medio siglo atrás, el 24 de marzo de 1976. Este recurrente ejercicio de memoria histórica se puso en marcha casi inmediatamente después de la recuperación del Estado de derecho, en 1983, y perdura hasta hoy con un interés que está todavía muy lejos de apagarse. La actualidad de esta tendencia queda a la vista alrededor de un nombre, el de Santiago Mitre. Fue suya en 2022 la última película producida en nuestro país que obtuvo una nominación al Oscar internacional, Argentina, 1985, representación en clave dramática del histórico Juicio a las Juntas narrada alrededor de las figuras del fiscal Julio César Strassera (Ricardo Darín) y su adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani). A la vez, Mitre comenzó este mismo mes, a 50 años exactos del golpe, el rodaje de su nueva película, todavía sin título, también inspirada en hechos reales. Se anuncia como “un thriller político que retrata la infiltración de un oficial de alto rango en los grupos que pacíficamente comenzaban a organizarse para reclamar por sus familiares detenidos” en plena dictadura. Fue justamente el Oscar, con su incomparable influencia y poder simbólico a escala global, el factor que ayudó a revelar al mundo la realidad vivida en la Argentina en aquellos años. La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) ganó el premio de la Academia de Hollywood al mejor film extranjero de ese año al colocar por primera vez la lupa de manera específica en el drama de los hijos de los desaparecidos. Escrita por Puenzo y Aída Bortnik, la película pasó a la historia como el máximo emblema del cine argentino consagrado a revisar el tiempo de la última dictadura. Fue justamente la década de 1980 la más prolífica e intensa en la afirmación de esa tendencia. La mayoría de las películas que definieron para siempre la conexión entre cine y dictadura corresponde a esos años. Sin embargo, las explicaciones que el cine salió a buscar sobre estos temas comenzaron antes, cuando todavía los militares ejercían el poder, sobre todo a través de referencias simbólicas o alegóricas. En dos películas de Alejandro Doria (La isla, de 1978, y Los miedos, de 1980) y una de Mario Sabato (El poder de las tinieblas, de 1979) ya se hablaba de miedos, persecuciones, realidades ocultas, encierros y castigos inequívocamente asociados, aunque desde un plano metafórico, a la realidad de esos años. Ya en democracia, Emilio Alfaro y Rafael Filippelli –con la colaboración de Antonio Dal Masetto en el guion– llevaron en Hay unos tipos abajo (1985) esa descripción de un cuadro de paranoia colectiva a niveles mucho más explícitos. Desde otro lugar, mucho más sólido en términos narrativos, Adolfo Aristarain mostraba en Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982) la violencia ejercida por el poder con modos opacos o encubiertos y algunos actos de resistencia. En Plata dulce (Fernando Ayala, 1982), hay referencias explícitas al comportamiento económico y social de esos años, y en Volver (David Lypsyc, 1982) se explora por primera vez de manera específica al tema del exilio a partir de un personaje interpretado por Héctor Alterio, una de las grandes víctimas reales de esa situación. A esta línea se sumarán más tarde Los días de junio (Alberto Fischerman, 1985) y Las veredas de Saturno (Hugo Santiago, 1989). Ya en democracia, Juan Carlos Desanzo se animó a retratar con el lenguaje del cine policial clásico el submundo de la llamada “mano de obra desocupada”. En retirada (1984) fue el mejor ejemplo de aquella realidad cambiante. Mucho tiempo después, Kóblic (Alejandro Borensztein, 2016) abordó el caso de un piloto de los denominados “vuelos de la muerte” tratando de hacerle frente a su traumático pasado. De vuelta a los años 80, Pasajeros de una pesadilla (Fernando Ayala, 1984) se enfoca a partir del trágico caso real de la familia Schocklender en los negocios turbios que llevan adelante algunos sectores sociales favorecidos por sus conexiones con el poder militar. Y ese mismo año se estrena Los chicos de la guerra (Bebe Kamin, 1984), en este caso a partir de varias historias de vida de adolescentes obligados a participar de la Guerra de Malvinas y el traumático regreso de las islas. En La deuda interna (Miguel Pereira, 1988), el vínculo afectivo entre un joven indígena jujeño y un maestro rural porteño que llega a esa provincia se interrumpe cuando el primero termina sumándose a las tropas que combaten en las Malvinas. Al influjo de La historia oficial surgieron otras películas que dejaron su marca ocupándose en sus respectivas tramas de situaciones relacionadas con la desaparición forzada de personas durante la dictadura. Entre ellas se destaca La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986), crónica inspirada en el caso real de siete adolescentes secuestrados, torturados y asesinados por reclamar un aumento en el boleto estudiantil. Más adelante, Garage Olimpo (Marco Bechis, 1999) y Crónica de una fuga (Israel Adrián Caetano, 2006), a partir de experiencias autobiográficas y otros casos reales, también hablarán de lo ocurrido en los centros clandestinos de detención. El inventario de lo ocurrido durante la dictadura encontró en el terreno documental una experiencia que alcanzó una notable repercusión en la taquilla local: La república perdida (Miguel Pérez, 1983) observó desde una perspectiva muy cercana a la visión del alfonsinismo triunfante en las elecciones presidenciales de ese año la larga evolución política de la Argentina desde 1930, buscando las claves de las interrupciones de los ciclos democráticos y la presencia de los militares en el poder. El análisis específico del período 1976-1983 se concentró en La república perdida II, estrenada en 1986. A partir de ese momento, sobre todo desde la perspectiva del testimonio de las víctimas de la represión ilegal, se fue desarrollando a través del documental otra mirada sobre los años del último gobierno militar. Así lo hicieron Juan, como si nada hubiera sucedido (Carlos Echeverría, 1987), A los compañeros la libertad (Marcelo Céspedes y Carmen Guarini, 1987), Montoneros, una historia (Andrés Di Tella, 1994) y Cazadores de utopías (David Blaustein, 1996). Después de su experiencia como protagonista de un cine militante identificado desde el Grupo Cine Liberación con las corrientes peronistas más cercanas a la izquierda, Fernando Solanas concibió Tangos: el exilio de Gardel (1986) y Sur (1988), dos obras en las que la poética y los mitos populares se mezclan con el desarraigo, los cruces generacionales y la traumática experiencia que para muchos significa el hecho de vivir lejos de la Argentina. Un espíritu parecido inspiró a Hugo Santiago, otro cineasta argentino radicado en Francia, a escribir (junto a Juan José Saer y Jorge Semprún) y dirigir en 1989 la magnífica película Las veredas de Saturno, sobre las tribulaciones de un bandoneonista (Rodolfo Mederos) exiliado en París durante los tiempos de la dictadura. Toda esta revisión también contó con el aporte de figuras internacionales de renombre que se sumaron a dos de los títulos más perdurables de la época. En La amiga (Jeanine Meerapfel, 1989), la gran actriz sueca Liv Ullmann y Cipe Lincovsky interpretan a dos mujeres unidas desde la infancia por entrañables lazos que se reencuentran tras el restablecimiento de la democracia después de permanecer durante mucho tiempo separadas por el exilio. Y en Un muro de silencio (Lita Stantic, 1993), una directora de cine británica (nada menos que Vanessa Redgrave) llega a Buenos Aires para filmar la historia de una mujer que tiene a su esposo desaparecido. Esta última sigue siendo reconocida hasta hoy como una de las obras más rigurosas y menos concesivas sobre este período de nuestra historia reciente. Y no faltaron historias narradas desde el punto de vista de personajes infantiles. En Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), un niño de 10 años trata de entender por qué tiene que dejar de un día para el otro su casa y despedirse de sus compañeros de escuela para mudarse a una quinta junto a sus padres (perseguidos por la dictadura) e iniciar allí una vida marcada por reglas muy estrictas. Otro chico, en este caso de 12 años, es el virtual narrador de lo que pasa en Infancia clandestina (Benjamín Avila, 2012), película inspirada en la propia experiencia vital del realizador, hijo de una pareja de militantes del movimiento Montoneros que regresó a la Argentina en 1979 para participar de acciones armadas contra la dictadura. En medio de esa tensión, el chico procura mantener lo más parecido a una vida normal. Aunque la revisión de los tiempos de la dictadura fue (y sigue siendo) uno de los temas predilectos del cine argentino de las últimas décadas, quedan enfoques y miradas que hasta ahora nadie se animó a abordar. Entre ellos, algún relato que reconstruya desde la ficción el momento mismo del golpe o su etapa inmediatamente previa reflejando las tensiones políticas del momento y sus reacciones en la sociedad. También faltan miradas y observaciones sobre la responsabilidad en la tragedia argentina de esos años de los grupos que se volcaron a la lucha armada.

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