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Economía circular: el modelo del Estado líder en Brasil que transformó el campo

2026-03-20 - 16:20

MATO GROSSO, Brasil.— De una frontera agrícola en expansión a un sistema integrado que combina agricultura, ganadería, energía y desarrollo urbano, el principal estado productor de Brasil muestra cómo la agroindustria puede transformarse en motor económico y social. La primera vez que recorrí esta región fue en 2003. En aquel entonces, la imagen dominante era la de una frontera en plena expansión: máquinas abriendo camino sobre el Cerrado, desmontando y preparando tierras para una soja que avanzaba como cultivo estrella. Definiciones en el Congreso: Benegas Lynch y Ardohain anticiparon los planes para Agricultura en el Senado y en Diputados Desde entonces, y con el correr de los años, volví en distintas oportunidades a Mato Grosso, ya sea brindando conferencias o acompañando a grupos de empresarios argentinos interesados en entender de primera mano la evolución de este sistema productivo. Esta visita no es la excepción: en estos días recorremos la región junto a productores del grupo La Reja, en una nueva instancia de aprendizaje y análisis. Más de dos décadas después de aquel primer viaje, la postal cambió. El empuje del productor brasileño sigue intacto —se percibe en cada campo, en cada decisión productiva—, pero el sistema evolucionó hacia un modelo mucho más complejo e integrado. Crisis en la UBA: por bajos salarios, 83 docentes renunciaron a la Facultad de Agronomía y crece la preocupación El primer gran punto de inflexión fue la incorporación del maíz safrinha en rotación con la soja. Lo que comenzó como una segunda cosecha complementaria se transformó en una pieza central del esquema productivo. Hoy, el maíz dejó de ser un cultivo secundario para convertirse en uno de los pilares del sistema agrícola del estado. A esa expansión le siguió la consolidación de la demanda interna. La producción de cerdos y aves creció con fuerza y encontró en Mato Grosso un abastecedor clave de granos. Este desarrollo industrial no solo agregó valor en origen, sino que reforzó la estabilidad del sistema productivo. Más recientemente, en los últimos cinco o seis años, se sumó un nuevo actor: las plantas de etanol a base de maíz. Este fenómeno terminó de cerrar el círculo. El grano ya no solo se exporta o se destina a proteína animal, sino que también se transforma en energía, generando nuevos mercados y mayor previsibilidad. En este contexto, no resulta descabellado pensar que, en los próximos años, el maíz continúe ganando protagonismo dentro del sistema productivo, impulsado por una demanda sostenida y diversificada que lo vuelve cada vez más estratégico, incluso en términos relativos frente a la soja. Pero quizás uno de los cambios más interesantes es la aparición de sistemas productivos integrados. En distintos establecimientos comienza a consolidarse un esquema que combina agricultura y ganadería: soja y maíz en rotación con pasturas, engorde a corral y aprovechamiento total de los subproductos. Incluso la burlanda, derivada de la producción de etanol, se reincorpora al sistema como alimento para el ganado. Como ejemplo concreto de hacia dónde evoluciona Mato Grosso, la visita a la empresa Mano Julio permite entender el concepto que empieza a dominar la región: la economía circular. En este establecimiento, la producción está pensada como un sistema integrado donde prácticamente no hay desperdicios. El esquema comienza con la agricultura —soja, maíz y algodón—, pero se expande hacia la producción animal, con unidades de aves, huevos, cerdos y ganadería bovina que agregan valor en origen. El punto más innovador aparece en el tratamiento de los residuos. Los efluentes de la producción porcina son derivados a una planta de biogás, donde se transforman en energía. Esa energía no solo abastece a toda la operación, sino que el excedente se inyecta a la red eléctrica, generando una nueva fuente de ingresos. El circuito se completa con el aprovechamiento de los subproductos. Los residuos del proceso energético se convierten en fertilizantes orgánicos que vuelven a los campos, cerrando un sistema donde cada eslabón potencia al otro. Sin embargo, el desarrollo de Mato Grosso no se limita al campo. El crecimiento agrícola traccionó una transformación mucho más amplia: el de toda la sociedad. Las ciudades crecen a un ritmo que sorprende incluso a quienes ya conocen la región. Aparecen nuevos centros urbanos, se expanden los servicios y se consolida una red económica que acompaña el dinamismo productivo. El caso de Sinop es paradigmático. Fundada hace apenas 50 años, hoy supera los 220.000 habitantes. Lo más impactante es que cerca de 100.000 personas se incorporaron en la última década, reflejando una aceleración del crecimiento pocas veces vista. Detrás de ese fenómeno hay inversión, oportunidades y una fuerte migración interna impulsada por el desarrollo agroindustrial. Sin embargo, este sistema no está exento de dificultades. La presión de insectos sigue siendo muy alta y existen enfermedades de difícil control que obligan a un manejo cada vez más intensivo. A esto se suma un contexto económico desafiante: la rentabilidad de la soja se encuentra hoy muy ajustada, afectada por los precios internacionales y el aumento de los costos de producción. En paralelo, las tasas de interés superan el 20%, lo que encarece y limita el financiamiento, mientras que algunas empresas comienzan a enfrentar dificultades para conseguir personal calificado para trabajar en el campo. El recorrido por Mato Grosso deja una sensación clara: el desarrollo no es el resultado de un solo factor, sino de la combinación de decisiones productivas, inversión sostenida y un entorno que acompaña. En este contexto, los cambios macroeconómicos que comienzan a delinearse en la Argentina abren una oportunidad. Ojalá sean el punto de partida para que miles de empresarios agropecuarios puedan desplegar todo su potencial. Más que un sueño lejano, Mato Grosso aparece como un modelo posible de observar y adaptar. Un ejemplo de cómo la agroindustria puede transformarse en el motor de un país, generando valor, empleo y desarrollo en todo su territorio. El autor es director de Globaltecnos

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