Difícil decir adiós: su hijo le preguntó “¿adónde van las cosas cuando ya no estamos?” y le respondió con una muestra
2026-03-18 - 19:40
“¿Adónde van las cosas cuando ya no estamos?”, le preguntó un niño de once años a su papá. Daniel Fischer —el padre—, curador de arte, eligió responderle a través de una exposición, dando a luz a un verdadero ensayo visual sobre este interrogante. El último misterio de Goya se llama Rosario Weiss La muestra se titula Difícil decir adiós. Antropología de las migraciones. Psicología del desarraigo. Filosofía de la despedida, y puede verse en el Pabellón Berni, en el segundo piso del Centro Cultural Borges. Más de sesenta obras –esculturas, pinturas, instalaciones, videoarte y fotografía, y algunas piezas de sitio específico–, de cincuenta artistas nacionales e internacionales, conforman la orquesta de esta exposición que indaga en la ontología de la pérdida y del resto; en lo que se va, lo que queda y en lo que se transforma. La muestra es la continuación de una serie de proyectos curatoriales anteriores nacidos del vínculo de un padre con sus hijos. “Si Breve historia de la eternidad fue el mapa de su llegada y ¿Cuánto pesa el amor?, el peso de la unión, Difícil decir adiós es nuestra bitácora sobre la transformación. Porque decir adiós no es desaparecer; es reconfigurarse”, explica Fischer a LA NACION. A lo largo del recorrido, el público se encuentra con obras que abordan diferentes dimensiones del adiós como experiencia vital fundamental, a través de un gran mosaico de imágenes que se irán entretejiendo y completando con la mirada subjetiva de cada visitante. Una nube de diez metros pintada en tela recibe al visitante como si abriera paso a un plano atmosférico, gaseoso y etéreo, similar al de la memoria o el del olvido. Atravesado el telón, “el espectador se encuentra con la densidad de lo real”, dice Fischer. Aquí emergen los secretos, lo silenciado, lo que se intentó reparar, o quedó congelado en algún rincón de la memoria. Una obra de Christo & Jeanne-Claude muestra un objeto empaquetado sobre un carro, insinuando la presencia de algo que no se puede pronunciar, como un misterio que pesa. Un libro de diarios íntimos de Diana Schufer cose en su canto el grito todavía me duele. “Es el intento de atar el dolor para que no se desparrame”, sigue el curador. Un rayo de Edgardo Giménez no quema, pero permanece quieto, como anunciando la inevitable e inminente despedida. Una ausencia que brilla Más adelante, “el relato profundiza en cómo el sujeto intenta retener su historia frente a la inminencia de la pérdida, convirtiendo los restos en monumentos personales o en geometrías de resistencia”, continúa Fischer. Se ve una prenda de vestir realizada con una plancha de goma Eva de Pablo Lehmann, recubierta de palabras caladas que se van desintegrando progresivamente en letras. “Esta prenda habla de una ausencia; es una ausencia que brilla; que se hace presente y persiste como escritura a través de nuestra memoria. La prenda, que se va desgranando hacia abajo, sugiere la idea de algo que está pleno y se va de a poco transformando hasta desvanecerse”, dice el artista a LA NACION. Dos ositos negros de Alejandra Tambolini rebalsan de ternura y afecto, pero al mismo tiempo su color negro carbón insinúa el paso del tiempo y la melancolía de lo que fue y ya no es. En otras obras, la despedida emerge como desgarro. Unas aves sin vida de Carolina Arias están reparadas con hilos bordados de colores. “Es una manera de prolongar la presencia de lo que ya no está. Cuando bordo, pienso en qué sobrevive de una ausencia y en qué está irremediablemente perdido. Mis obras no responden esa pregunta. La sostienen, le dan un lugar. Mi trabajo busca la manera de responder al dolor con cuidado y encontrar formas de resistir el olvido”, explica Arias. La obra Cordillera para mesa de Paula Senderowicz dialoga con el guion curatorial desde su propia materialidad. Una estructura que remite a una montaña o a un glaciar, realizada en hielo coloreado con té, se exhibe en una cápsula de acrílico. La pieza, inevitablemente, se va descongelando. “Cuando el hielo desaparece, queda el agua coloreada esperando la reposición de una nueva pieza, representando la despedida como un tránsito gradual”, explica la artista a LA NACIÓN. “El glaciar que suda es la imagen de la impermanencia absoluta. El pasado se licua frente al espectador”, completa el curador. En la muestra también se representa la ausencia, se la vuelve tangible. La obra Talle medium de Alejandro Gabriel, por ejemplo, proyecta la imagen de un vestido de su madre en un movimiento perpetuo. “Es el recuerdo de la tela que la cubría. La tela aparece como memoria y metáfora del cobijo. En mi caso, hacer esta obra es también una forma de elaborar su ausencia y despedirla”, cuenta el artista a LA NACION. Un avión suspendido de Ernesto Ballesteros aparece flotando, suspendido, como si navegara el espacio que quedó vacío. Un corazón que se derrama Hacia el fin del recorrido, Delia Cancela nos entrega un corazón que se derrama; los zapatitos de María Celeste Martínez aparecen gastados y cansados de tanto andar; una columna hace de sostén a un árbol agujereado, de Ángela Copello. En la obra Nadie conoce este lugar como vos, Francisca Rey transforma dos cunas de bebés en una suerte de joya frágil, con caireles que brillan y lloran. “Las gotas que cuelgan pueden leerse como lágrimas, como tiempo suspendido o como restos frágiles de memoria, pequeñas señales de aquello que inevitablemente se va perdiendo”, sugiere Rey. En la obra de Jorge Macchi, la palabra “melancolía”, es la única que se lee en una página entera de noticias ausentes. Finalmente, unas cruces de Mariana Tellería construidas con marcos de madera recuerdan al visitante la sacralidad de lo roto. Se asoma la posibilidad de redención, de esperanza. “Como dice Heidegger, el ser humano es un ser-para-la-muerte, lo que implica que las despedidas son parte de la experiencia de finitud. El adiós propicia el dejar atrás la historia de la vida y la posibilidad de un nuevo comienzo”, relata Fischer. Por la disposición espacial, para salir hay que recorrer la muestra nuevamente, esta vez de atrás para adelante. Antes de volver a atravesar el umbral hacia el afuera, un árbol frondoso verde, de Ángela Copello despide al visitante, como recordando que el adiós lleva en sí el germen de la vida que continúa. “Los invito a recorrer esta muestra no como un final, sino como esa pregunta de Constantino: como una búsqueda de los rastros que dejamos en los demás. Porque, al final del día, lo único difícil de decir adiós es aceptar que, aunque nos vayamos, el amor que construimos ya es parte de la eternidad”, escribe Daniel Fischer en el texto de sala. Para agendar Difícil decir adiós, de miércoles a domingos, de 14 a 21, en el Pabellón Berni del Centro Cultural Borges, en Viamonte 525. Hasta el 31 de mayo. Entrada gratuita.