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¿De qué va a vivir la Argentina? Cinco economistas debaten cómo encarar la reconversión productiva

2026-03-01 - 03:13

La complejidad del desafío que implica una reconversión productiva para la economía argentina –porque detrás de ello hay personas- puede resumirse en la enorme cantidad de preguntas que están en pleno debate hoy. Si la transformación es inevitable en un país que necesita integrarse al mundo y todavía figura entre los más cerrados, ¿puede atenuarse el costo de la apertura económica en términos de empleo e impacto sectorial? ¿Qué hacer con la diferencia de velocidad entre la baja de aranceles y el avance de las reformas estructurales que les permitirían a los productores locales competir con los importados? ¿La Argentina debería seguir el ejemplo de otros países, caso Australia, para concentrarse en los sectores donde tiene ventajas comparativas y dejar de producir aquello en lo que no es eficiente? ¿Alcanzarán la energía, la minería, el agro, la economía del conocimiento y los servicios para motorizar el crecimiento y generar empleo para 46 millones de habitantes? Muchos de esos y otros interrogantes vienen de larga data, pero volvieron al primer plano con la noticia del cierre del fabricante de neumáticos Fate, las cifras del impacto que las importaciones están causando sobre sectores que gozaban de protección arancelaria –como el textil- y los enfrentamientos oficiales crecientes con los popes industriales. Se trata, en el fondo, de la madre de las batallas para la Argentina: cómo insertarse con éxito en la economía global para cimentar un proceso de crecimiento sostenido, y hacerlo con sustento social. LA NACION consultó a cinco economistas con miradas diferentes sobre el desafío de la reconversión sectorial y los condicionamientos que impone el contexto (ver página 3). A continuación, tres aspectos del análisis que están sobre la mesa. 1) El punto de partida de la reconversión “La Argentina está en un proceso de transición, pasando de un régimen económico a otro, y en ese tránsito cambia la renta intersectorial”, señala Dante Sica, fundador de Abeceb y exministro de Producción. “Se pasó de una economía cerrada, con déficit, inflación y que generaba señales de precios distorsionadas, a otra. Esas malas señales condujeron a malas decisiones de inversión, de empresas que abastecían una economía cerrada, sin la escala que tenían que tener”, agrega. Para el economista, más que de apertura, hay que hablar de “normalización del mercado”. “Acá no hubo una baja de aranceles para todos los sectores. Solo con normalizar ya hay muchas empresas que no son competitivas, porque tenían antidumping, cierres a la importación, tasas subsidiadas y restricciones a los dólares para importar. Cuando se limpia eso, no pueden competir”, describe. “Había que abrir la economía para aumentar la productividad sistémica y cambiar los precios relativos, que eran ridículos. Pero pasar de un esquema de economía cerrada con brecha cambiaria y tasas negativas a una economía abierta y normalizada tiene costos”, observa Marina Dal Poggetto, directora de EcoGo, en referencia a la suba del desempleo inicial que acarrean los procesos de apertura y aumento de productividad. “La pregunta ahí es si es manejable del lado de la política”, apunta. En la visión de Jorge Vasconcelos, investigador jefe del Ieral de Fundación Mediterránea, para pasar de la fase de estabilización al crecimiento sostenido hay que terminar de remover el cepo cambiario. “Los cepos fueron un destructivo período en el que los gerentes financieros prevalecían sobre los ingenieros de planta. La prueba de este daño es que dos años después de la salida de la crisis de fin de 2023, el uso de capacidad instalada de la industria es de sólo el 53,8 %”, resalta, como muestra del golpe que ocasionaron sobre la productividad. A esa falta de incentivos para competir de muchos sectores se suman, a su juicio, otros tres obstáculos: una apreciación del peso de más de un tercio respecto del parámetro de 2003 (cuando la Argentina inició un proceso de crecimiento post 2001); impuestos distorsivos que pesan un 8% del PBI; y el rol de China, “que hace 25 años inflaba a las commodities agropecuarias y ahora empuja a la deflación los precios de los productos industriales”.

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