De la violencia a la autonomía: la virtuosa experiencia de protección y acompañamiento a las mujeres que cumple 10 años
2026-03-11 - 13:24
La noche que decidió denunciar, Karina Farfán no sabía dónde iba a dormir con sus hijos ni cómo iba a seguir al día siguiente. Llegó al Polo Integral de la Mujer de la ciudad de Córdoba con miedo, sin haber hablado antes con nadie y con años de violencia naturalizada a cuestas. Lo que encontró fue un circuito que se activó de inmediato: la denuncia, la contención, las primeras medidas de protección. Ese fue el inicio de un recorrido que no terminó en el resguardo urgente, sino en la posibilidad, por primera vez, de proyectar una vida propia. Farfán abre la rueda en la charla junto a dos compañeras. Parece muy tímida, medida, se expresa con pocas palabras, conceptualmente; se nota que está muy angustiada. “Vivía violencia física y psicológica. Solamente me movía de casa al trabajo y del trabajo a casa, perdí contacto con mi entorno. ‘Quédate en casa, hacete cargo de los chicos, no hace falta que trabajes, no podés estudiar’. Excusas tontas primero y eso va creciendo, una va sintiendo culpa. Y poco a poco te vas alejando, es como que te encierran en una pieza literalmente, todo queda reducido a cumplir un horario, te controlan todo”. “La violencia psicológica era todo el tiempo: si iba al baño, por qué me demoraba; si recibía una llamada, quién era; quién me saludaba. Te trabaja hasta el punto de que decís: ‘Faltan cinco para salir del trabajo, tengo que tener todo listo porque no me puedo demorar un minuto más’, para evitar el choque. Entonces empezás a modificar toda tu vida. Dejás de estudiar, de ver amistades. Mis amigos ya sabían que no me tenían que saludar si me veían con él; temblaba de pensar que alguien me fuera a saludar porque después, cuando llegábamos a casa, venía la agresión”, recuerda. El quiebre llegó acompañando a una amiga que también sufría violencia. “Yo la escuchaba y le decía: ‘Ya voy a poder sola’. Pero un día desbordé. No aguanté más. Me llevaron, me guiaron con una entrevista y me apoyó el equipo técnico. Empecé el tratamiento psicológico y las charlas reflexivas. Ahí entendí los distintos tipos de violencias que yo veía como algo normal. No sabía que eso era violencia”, detalla. A partir de ese proceso, empezó a reconstruir su vida. Fue posible gracias al entramado institucional que se activa cuando una mujer se acerca a denunciar. La secretaria de la Mujer de la provincia de Córdoba, Claudia Martínez, lo describe como un circuito que busca intervenir de manera simultánea en la urgencia y en el después. El Polo Integral –que este año cumple su décimo aniversario– congrega en un mismo espacio a la Secretaría de la Mujer, el Poder Judicial, fuerzas de seguridad y sistema de salud, para evitar que la víctima tenga que peregrinar entre instituciones. “Cuando una mujer llega, no solo se toma la denuncia. Lo primero que se hace es evaluar el nivel de riesgo y disponer las medidas de protección necesarias. Pero al mismo tiempo empieza otro trabajo, que es cómo esa mujer va a poder reconstruir su vida”, explica. “En el Polo estudié gerontología y hoy trabajo cuidando adultos mayores, algo que me encanta y antes no podía hacer –comenta Farfán–. También hago sublimación, personalizo remeras, gorras. Estudié la diplomatura de acompañantes y ahora puedo ayudar a otras mujeres a salir de lo mismo. Siempre decimos que no estamos solas, que hay un grupo que nos protege”. La formación y los cursos no solo le dieron herramientas laborales, sino autonomía. “Una viene, estudia, se recibe y sale adelante con sus propios proyectos. También estudié construcción para arreglar mi casa. Este año quiero hacer electricidad. Siempre hay cursos nuevos y las puertas están abiertas”, agrega. En el Polo Integral de la Mujer equipos interdisciplinarios intervienen desde el primer momento y activan en simultáneo las instancias judiciales y el acompañamiento psicológico y social. Beatriz Mallet tiene 52 años y dos hijos. Cuando habla, su voz es firme. Se la nota una mujer muy fuerte, superada del horror, pero cuando empieza hablar el que se estremece es el que escucha. “Casi me mata”, dice sin rodeos. Estuvo más de veinte años en situación de violencia. Primero fue el aislamiento, lo que parece ser la lógica de la dinámica del encierro. “Cuando me casé, me dijo que no hacía falta que trabajara, que él me mantenía. Yo trabajaba desde los 16. Dejé todo y me dediqué a la casa, a los chicos. Al principio era todo normal, hasta que un día, por una discusión doméstica, vino el primer golpe de puño. Después el ‘perdoname, no lo voy a hacer más’. Y una piensa que fue algo aislado”, refiere. No lo fue. “Después vino el control: ‘¿Adónde vas?, ‘Yo te llevo, yo te traigo’. Hasta para ir a comprar el pan. No era dueña de nada. No podía elegir la ropa, no podía pintarme. Me decía ‘¿Quién te va a querer así? Sos una inútil’. Me prohibió ver a mis padres. Estuve aislada de mi familia más de diez años”, reflexiona Mallet. Los golpes volvieron y ya no pararon. “Yo era la pared entre él y mis hijos. Ellos veían todo. Lloraban. Una vez empujó a uno. Yo solo pensaba que no los golpeara”, recuerda. La violencia fue escalando. “Sufrí hasta ahorcamientos. Tenía dedos marcados en el cuello, moretones. Me daba vergüenza que la gente viera. Uno de mis hijos empezó con convulsiones. Los médicos dijeron que era por ver la violencia del padre”, relata. El límite llegó cuando golpeó a los chicos. La descripción de ese momento es desgarradora. “Esa noche le dije que me iba. Que ya estaba cansada de los golpes y de que mis hijos vieran eso. Y salió un monstruo de adentro de él. La carátula es intento de homicidio. Tengo quebrados dos huesos de la tráquea, me rompió el maxilar, me voló dientes. Me encerré en un container al que me había llevado a vivir y me dijo que, si no abría la puerta, me iba a prender fuego a mí y a mi hija”. Logró escapar cuando él se fue. Una vecina la llevó a la policía y de allí fue trasladada al Polo, donde ingresó junto a sus hijos bajo resguardo urgente. “Esa noche llegué en una situación desastrosa. Y acá me dieron una habitación, una cama calentita, gente que te escuchaba sin juzgarte. Me devolvieron la vida. Volví a nacer”, agradece. “Terminé la secundaria acá mientras me cuidaban a mis hijos. Me brindaron las ayudas económicas, pude alquilar y me propusieron un trabajo. ¿Qué digo que si no sé hacer nada?”, le dije. Empecé en una empresa de construcción de mujeres. Un día mi jefa me dijo que necesitaban gente para una empresa de Buenos Aires. ‘¿Cómo voy a estar al frente de una empresa que no conozco?’, le dije. Y respondió: 'Que esto no sea tu techo, andá y probá’. Ahora soy la jefa de servicio de recupero de materiales reciclados para una gran cadena de supermercados”, describe Maillet. Hoy su vida es otra. Mantiene sola a sus hijos, les da un techo, cuida a su madre de 83 años. A veces escucha a otras mujeres y trata de ayudarlas. "A mí me dieron herramientas y hoy puedo decir que se puede”, comenta. Noelia Funes tiene 39 años y tres hijos. Cuando habla lo hace sin pausa, con una sonrisa que se va apagando a medida que avanza el relato, hasta detenerse en una frase que cambia el tono de toda la conversación: “Pensé que me iba a matar”. Terminó el secundario y quedó embarazada de su primer hijo: luego vendrían otros dos, los crio siempre sola. Trabajó en limpieza, en call centers y en una clínica. Vivía con sus hijos en la casa de sus padres hasta que decidió irse. “Conocí a esta persona, que era policía jubilado, cuando estaba buscando alquilar. Me dijo que me ayudaba con los chicos, que no me preocupara. Al principio era bueno, los trataba bien, pero cuando quise volver a estudiar él me dijo que no porque no iba a cuidar a los chicos. Después empezó a esperarme en la puerta del trabajo, mis amigas tenían que venir a casa. Hasta dejó de juntarse con los amigos para que yo no saliera con la mías”, ahondó. No había violencia física, pero la espiral del control creciente llegó a asfixiarla y decidió separarse. Al tiempo, él comenzó a volver amablemente, cambiado, buscando a los chicos que lo consideraban el padre y Funes decidió darle otra oportunidad. “Ahí fue el inicio. No dormía, me obligaba a tener relaciones, tenía el arma encima, en el auto o en la mesa luz. Estaba las 24 horas pendiente de mí. Como yo estudiaba, tenía contacto con otra gente, hombres... Era imposible: me llevaba, me traía”, destaca. El día fatal llegó el domingo de las últimas elecciones. “Se levantó como loco. Cuando volvimos de votar dijo: ‘Cuando gane Milei los voy a matar, una bala para cada uno’ [por la libre portación de armas]. Empezó a tratar mal a los chicos, a gritar y dar piñas contra la mesa como para no pegarles. Decía que nos iba a matar. En un momento dijo que iba a buscar el arma. Les dije a los chicos que fueran a la casa de la abuela, pero no querían dejarme sola”, detalla Funes. “Cuando llegué a la puerta, se escuchó un disparo. No sabía si se había pegado él o qué había hecho. Atiné a buscar al hermano que vive al lado y me dijo ‘Está loco, no renegués más, denuncialo’. Y eso me dio el valor”, dice. Tras la denuncia, se activó la intervención judicial. Se realizó un allanamiento en la casa de la madre del agresor, donde encontraron el arma y fue detenido. A ella le otorgaron botón antipánico y medidas de restricción: “Pedí no tener contacto porque tenía y tengo miedo”. En agosto del año pasado fueron a juicio, no solo por la amenaza de muerte sino por el delito de violación. Todavía todo es muy reciente, pero con ayuda y su voluntad está saliendo adelante. Sigue en tratamiento psicológico. “En el Polo me ayudaron un montón los grupos terapéuticos. pero dejé la facultad porque no me daba la cabeza para estudiar. Me la pasaba llorando, aunque tuve mucha contención de mis compañeras. Tengo una ayuda económica y hago cursos, como el de plomería y gasista para arreglar mi casa. También hice el de uñas, por ahí me sale una changuita”, afirma. “Quiero volver a estudiar. Estoy en segundo año de enfermería y quiero seguir porque es lo que me gusta, e incentivar a mis hijos a que sigan estudiando. Los mellizos están en quinto año y el más grande ya trabaja”, explica. En el Polo Integral de la Mujer, el abordaje no se limita a la asistencia de las víctimas. Se trabaja también con los agresores a través de programas específicos para varones que ejercieron violencia, orientados a desarmar patrones de conducta y reducir la reincidencia. La intervención busca actuar no solo sobre la urgencia sino también sobre las condiciones que reproducen la violencia. “No alcanza con sacar a la mujer del riesgo inmediato. Si no hay autonomía económica, si no hay red, esa mujer vuelve al lugar del que salió”, señala Martínez. Por eso, además de la protección, el dispositivo incorpora programas de formación laboral, terminalidad educativa y acompañamiento para la inserción en el empleo formal o en emprendimientos propios. Becas de capacitación, cursos de oficios, convenios con empresas y ayudas económicas iniciales forman parte del proceso de salida. “El objetivo es que puedan sostenerse por sí mismas. Que la salida de la violencia no sea momentánea sino definitiva”, resume. Detrás del Polo funciona además una red territorial que amplía el alcance del dispositivo. No todas las mujeres llegan directamente allí: muchas veces el primer pedido de ayuda ocurre en su propio barrio. La provincia cuenta con más de 270 Punto Mujer en municipios y comunas. Son espacios de primera escucha y orientación que permiten evaluar la situación y derivar al Polo cuando se requiere protección urgente o intervención judicial. La lógica es acercar el Estado al territorio para que la puerta de entrada no sea solo una. Mientras hablan, ninguna vuelve al punto de partida. Farfán piensa en los cursos que quiere hacer este año; Mallet, en sus hijos ya grandes y en el trabajo que sostiene sola; Funes, en terminar enfermería y en que los suyos no repitan su historia. Son recorridos distintos, pero comparten una misma escena inicial: la puerta de un lugar al que llegaron con miedo y sin saber qué iba a pasar después.