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De Jujuy a Atacama en auto: cómo es cruzar la ruta del desierto a 4.200 metros de altura

2026-03-27 - 04:10

El primer desierto que conocí fue a través de un libro. Un libro mágico, El cielo protector (Paul Bowles, 1949), que hablaba del Sahara. Con el tiempo desarrollé una suerte de atracción por esos enormes espacios sin vida aparente, pero llenos de matices. Muy alejados de la noción de vacío, quizá más cerca del infinito. Con esa idea viajé al desierto de Atacama, en el norte de Chile. Persiguiendo un nuevo desierto. El camino Planeamos la travesía en camioneta alquilada –no 4x4– desde la capital jujeña y cruzamos los Andes por el Paso de Jama, a 4.200 metros de altura. El trayecto es todo asfaltado: primero la RN 9 hasta Purmamarca, luego la RN 52 hasta el límite internacional. Desde allí, directo a San Pedro de Atacama por la ruta 27. El primer error que cometí fue bajarme del avión en Jujuy y manejar varias horas hasta el Paso de Jama, donde decidimos dormir. Desde la llanura, a nivel del mar, el cuerpo pasa factura si lo llevamos “de prepo”, sin aclimatación previa, a más de 4.000 metros. De modo que Carolina, la fotógrafa, y yo pasamos una muy mala noche. Más allá de eso, la hostería del ACA es impecable; además, tiene oxígeno disponible y muy cerca funciona el puesto del SAME, las 24 horas. Pero nosotras, atontadas por la altura, no atinamos a nada hasta la mañana siguiente, cuando –oxígeno mediante–, comenzamos a mejorar lentamente. Consejo: aclimatarse previamente en Purmamarca (2.200-2.300 m), en Susques (3.620 m, un poco más jugado) o cruzar directamente a Chile. Sin paradas serán unas ocho horas. La pausa en Jama nos permitió conocer la estación de servicio más alta del mundo que, orgullosamente, es argentina. Allí, sí o sí, hay que cargar combustible. El trayecto Jujuy-San Pedro recorre unos 475 kilómetros, pero lleva su tiempo: la altura ralentiza los motores y también los espíritus. Hay que estar dispuesto a parar y descansar cuando la puna se hace sentir. Las hojas y el té de coca en la cesta de pícnic ayudan, pero, sobre todo, hay que tomar mucha agua. Cruzar la frontera fue un trámite simple que nos llevó unos 20 minutos. Entonces empezó la mejor parte del viaje, y pronto pudimos olvidarnos de los inconvenientes propios de la altura. El Altiplano chileno es inmenso, está poblado de salares, lagunas y colores que cambian a medida que avanzamos. A lo lejos, siempre los Andes, omnipresentes. El paisaje es tan bello que todos los adjetivos suenan cursis, pequeños, imposibles. La inmensidad inquieta: todo está fuera de la escala humana. Una serie de volcanes precede

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