De cómo el pajarito azul se convirtió en buitre
2026-03-29 - 03:10
A veces hacemos de cuenta que las redes sociales estuvieron siempre en nuestra vida, cuando la mayoría de las plataformas apenas si están arañando la mayoría de edad. Twitter tuvo varias vidas en sus intensos 20 años; ahora la llaman X y del dulce pajarito azul que en sus inicios trinaba gracejos queda poco y nada. Cuando empezó el siglo, solo una de cada seis personas accedía a internet y casi nadie lo hacía por el móvil. La necesidad de comunicarse jaqueó esas barreras de acceso, así como las limitaciones de móviles que solo permitían escribir con un teclado numérico y llamar a costos siderales. El éxito de las mensajerías como ICQ y Yahoo anticiparon dos décadas lo que sigue siendo el principal uso de internet: intercambiar mensajes. La novedad que trajo Twitter fue sacar los 140 caracteres de los mensajes privados y llevarlos a la vista de cualquiera. Su aporte a la cultura contemporánea fue facilitar una conversación pública más allá del círculo de contactos. La invitación inicial de compartir “¿Qué estás haciendo?” fue acomodándose al potencial de otras plataformas, como Snapchat o Instagram, más diletantes y pasatistas. Mientras tanto, Twitter se llenó de gente convencida que el mundo estaba esperando sus pensamientos. Y dispuesta a imponerlos agresivamente. Diez años después de su lanzamiento, la plataforma duplicó los caracteres del trino, como el español elegante tradujo ”twit”, esa cápsula mínima que era considerada una publicación. Con la expansión subió la intensidad, principalmente porque la plataforma fue invadida por la información política. Lo que al principio eran trinos simpáticos mutaron al cacarear áspero de los gallos de riña. Invitados por las plumas desplegadas de los contendientes, los periodistas abandonaron las salas de prensa para aceptar consuetudinariamente los anuncios oficiales por esa única vía, sin riesgo de preguntas para el emisor. La red pasó a ser el lugar para enterarse del “¿Qué está pasando?”. Y con la actualidad llegó la amargura. Como es la red de los egos más grandes, no hay paz en ella. Mientras en las otras vencen los videos graciosos, los tutoriales y las mascotas, en X se impone la prepotencia de la opinión de los pendencieros, financiados por el uno por mil dispuesto a pagar quinientos dólares al año para publicar sin límite de caracteres. Esa megalomanía de tanta gente acostumbrada a pagar para hacerse escuchar invitó a Elon Musk a comprarla por 44 mil millones. De ser una red abierta, en la que la comunidad y la credencial azul se ganaban por mérito creativo, se convirtió en un sitio en el cual se paga y se premia el exhibicionismo. Y empezó a llamarse X para que quedara claro que desde 2022 esa plataforma se consolidaba como incógnita. Como esas equis que toman las decisiones en el planeta, que por estar ahí suponen que lo que ocurre en esa red es lo que pasa en todas las redes. Aunque es un hecho que sea la plataforma que más lentamente consolidó una comunidad activa en sus veinte años en sus veinte años de existencia. En el mismo tiempo, YouTube pasó de cero a 3000 millones de usuarios, alcanzando a Facebook, que sigue manteniendo el liderazgo global, aunque algunos la den por jubilada. X, en tanto, no supera el quinto de esas comunidades, por detrás incluso de LinkedIn, Telegram y Snapchat, otra que creíamos perdida. El valor de X no está en su cantidad, sino en su potencial de influencia. Aunque la selecta elite de la opinión y la decisión global se parezca más a los hooligans de un partido de fútbol agónico y polarizado. Costumbres extrañas a usuarios de las otras redes sociales que comparten memes y gracias, con la candidez de quien asiste a un pícnic en el parque del pueblo.