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Cuando el insulto degrada la República

2026-03-05 - 03:23

Todo comienza en lo personal. En nuestras casas. En la dificultad creciente para ordenar prioridades con nuestros hijos, en la sensación de vivir en una aceleración permanente, en ese presentismo emocional que nos atraviesa. La revolución digital, las redes sociales y la lógica algorítmica no solo transformaron la manera en que nos informamos: alteraron la forma en que sentimos, decidimos y enfrentamos el conflicto. Las plataformas convierten la emoción en combustible político. El resultado es una esfera pública dominada por el clima emocional. No deliberamos: reaccionamos. No evaluamos: nos alineamos. No discutimos: moralizamos. Ese clima no solo modifica conductas individuales. Modifica la construcción del poder. Es propicio para la irrupción de populismos –de derecha o de izquierda– que ofrecen soluciones simples frente a una complejidad abrumadora y movilizan emociones negativas como herramienta de cohesión política. No buscan integrar, sino dividir: se alimentan del agravio, convierten la diferencia en amenaza y transforman al rival político en enemigo moral. No amplían la esfera democrática. La estrechan. No organizan el conflicto. Lo radicalizan. Esa lógica se volvió visible con crudeza en el reciente discurso presidencial ante la Asamblea Legislativa. No fue vehemencia. No fue un exabrupto. Fue un registro sistemático de descalificación. Cuando un presidente afirma: “¡Manga de ladrones! ¡Manga de chorros!”, o celebra: “Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar”, no estamos ante una metáfora política. Estamos ante una degradación deliberada de la investidura presidencial. Cuando convierte al adversario en enemigo moral, cuando reemplaza el argumento por el insulto, cuando organiza el conflicto en términos de humillación y no de debate, no está perdiendo el control. Está aplicando un método. Un discurso que no busca persuadir, sino someter. Que no convoca a deliberar, sino a alinearse. Que no ordena el desacuerdo: lo moraliza. Aquí aparece lo más inquietante: funciona. El agravio ordena. El resentimiento moviliza. El odio simplifica. Como muestran Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, los liderazgos que erosionan instituciones no lo hacen desde el caos, sino desde la legitimidad electoral. No necesitan clausurar la democracia. Les alcanza con vaciarla lentamente. Primero, desacreditando adversarios. Luego, debilitando árbitros. Finalmente, transformando el conflicto político en una guerra moral irreconciliable. Las elecciones continúan. Pero dejan de ser plenamente libres en su espíritu. Porque la ciudadanía deja de elegir entre propuestas y comienza a elegir entre identidades enemigas. No es nuevo. El siglo XX ofrece lecciones incómodas. Muchos autoritarismos no irrumpieron por la fuerza. Entraron por invitación. Figuras como Hitler, Mussolini o Chávez no llegaron como dictadores declarados, sino como soluciones excepcionales en contextos de crisis profundas. El autoritarismo se presentó como remedio. Como orden frente al caos. Como salvación frente al colapso. No conquistó el poder desde afuera. Fue legitimado desde adentro. Desde el voto. Desde el miedo. Desde la promesa de restaurar dignidad castigando enemigos. El odio no fue un accidente. Fue un recurso. El problema, entonces, no es solo económico ni institucional. Es cultural. Vivimos en una sociedad moldeada por la velocidad, la ansiedad y la reacción emocional. Ese clima favorece liderazgos que ofrecen certeza moral en lugar de complejidad democrática. El desafío no es simplemente disputar poder. Es construir una alternativa democrática amplia, capaz de trascender identidades partidarias. Peronistas, radicales, integrantes de la Coalición Cívica, de Pro, de GEN, del socialismo y todos aquellos que comprendan la gravedad del momento deben asumir que esta realidad nos obliga. Debemos dejar de lado el cainismo. Porque cuando el odio se vuelve el lenguaje del poder, cuando el adversario se transforma en enemigo, cuando el insulto reemplaza al argumento, lo que está en juego deja de ser una elección. Empieza a erosionarse la república. Y cuando las sociedades reaccionan tarde, ya no eligen entre proyectos, sino entre libertades perdidas. Depende de nosotros impedir que ese punto llegue. Porque la democracia no siempre cae. A veces, simplemente se disuelve.

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