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Chayka: una obra que bucea en el universo de Chéjov y desdibuja el límite entre ficción y realidad

2026-03-26 - 18:21

Autor y director: Valentino Grizutti. Intérpretes: Juan Cottet, Miranda Di Lorenzo, Patricio Penna, y Violeta Postolski. Escenografía y vestuario: Paola Delgado. Iluminación: Ricardo Sica. Música: Juan Cottet. Teatro: Arthaus (Bartolomé Mitre 434). Funciones: martes, a las 21. Duración: 75 minutos. Nuestra opinión: Muy buena. La escena recibe al espectador semivacía: unas pocas sillas antiguas y bien distribuidas, una cortina/telón que parece establecer algún tipo de frontera y un piano que acompaña de modo diverso a las propuestas que desembarcan en esta sala de Arthaus. Antes de que la palabra se ponga a rodar los cuerpos de los actores hablan. Acomodados de singular manera en las sillas subrayan una lectura distinta para acercarse al clásico universo chejoviano. La selección léxica: Chayka, la palabra en ruso (como la decisión que toman Tita Iacobelli y Natacha Belova para su versión titiritera, Chaika) es un gesto de anclaje doble. Por un lado, la distancia de un nombre oído hasta el cansancio y por otro, el señalamiento de un texto nuevo, el que produce Valentino Grizutti. Hay cuatro intérpretes en escena. Los actores repasan letra. Hay textos que remiten a La Gaviota, pero por los nombres propios que dicen que portan se puede corroborar que los personajes están corridos. En ocasiones, el pasaje de “usted” al “vos” y la utilización de ciertos vocativos indican el cambio del personaje al compañero de escena. Kostia y Nina dialogan y los actores que hacen de ellos, sin solución de continuidad, pasan de personas-actores que se preguntan si dieron sala o se consultan por el vestuario a dialogar a través de líneas chejovianas. En definitiva, el salto de interpretar/actuar a “pasar texto”. Para que se entienda: actúan de actores, la inclusión de los personajes de Antón Chéjov es la instancia metateatral. Preguntas ¿Cuál es el lugar de la ficción? ¿En dónde se inscribe la ficción de la ficción? Hacen de actores que ensayan un papel o prueban un personaje y se deslizan de modo fluido, imperceptible, como quien pasa de un mundo a otro sin dificultad. Se calzan personajes y los sueltan. Un entramado sutil en el que se inscriben los textos de Chéjov, pero para decir también otras cosas. Una lección sobre la enunciación: lo dicho adquiere sentidos diferentes según quién, cuándo y dónde se lo dice. Los textos cambian de personajes, se reconfiguran. La gramática hace lo suyo y aporta su ambigüedad, bajo el pronombre femenino “la” se remite de modo indistinto a una mujer, una bufanda, una escopeta. Parece que dialogan, pero cada uno se refiere a cuestiones diferentes. La bufanda de vestuario y la gaviota muerta son un mismo objeto. La Compañía Labrusca propone una lectura original, lúdica e inteligente sobre un texto y un modo de pensar el teatro que hoy lleva poco más de un siglo y cuarto. Ellos se instalan en ese momento en el que se constituía en novedad y, como corresponde, era leído en clave inadecuada, con las herramientas inútiles y la perspectiva desviada. Si La Gaviota se interrogaba verbalmente, entre otras cosas, por el lugar del artista, la búsqueda de formas nuevas, la necesidad de experimentar, Chayka hace devenir esas palabras en cuerpos y en acontecimientos. La iluminación oscila en sus posibilidades dramatúrgicas, guía la mirada, propone sombras de colores, juega con hacer visible lo que no debería verse. El vestuario nos descoloca y nos vuelve a colocar. Seremos testigos de la pelea entre dos actrices por el papel de Nina, una se pone el vestuario de la otra y la sorprende en el acto de maquillarse (también una referencia a otro modo de actuación). Alguna escena se repite, quizás, rememora las versiones casi infinitas. No saben (no sabemos) si están frente a público, en patas, en camarín. En algún momento registran que otro se apropió de su texto: “Vos no decís eso, es mi parte”. Es evidente que para Chayka, nada del teatro le es ajeno. Ese desplazamiento que se da visiblemente en términos enunciativos funciona como procedimiento en toda la puesta: un texto de un personaje lo dice otro, se pasa de un actor que actúa de actor a uno que actúa de personaje, de un tipo de iluminación a otra, de un tipo de actuación a otro, de un vestuario -o maquillaje- a otro, de pájaro muerto a bufanda, o al revés. El disparo que se mentía botellita de éter estallada será aquí candileja en manos de un público salvaje. Una puesta que confirma que nuestro teatro tiene una potencia insuperable.

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