Caballos que visitan: el proyecto solidario que entró a una cárcel y generó una revolución
2026-03-05 - 06:13
El sábado pasado, en una mañana que todavía arrastraba los últimos vestigios del calor de un verano que se resiste a irse, el sonido de los cascos sobre el pasto rompió la rutina de la Unidad Penal N°1 de Villa Las Rosas, en Salta. Algunos internos miraban con desconfianza; otros, con curiosidad. Minutos después, uno de ellos, que había dudado en participar, bajó del caballo con otra expresión: en calma y en paz, sintió que algo dentro suyo se había transformado. Así, en un escenario impensado, volvió a cobrar sentido “Caballos que visitan”, la iniciativa solidaria de la Fundación Equinoterapia del Azul que nació en una sala de hospital y hoy acompaña distintas realidades, incluso en contextos como una cárcel. Impacto: si la Argentina regara más las exportaciones podrían crecer en casi US$1000 millones y se crearían nuevos 27.000 empleos La creadora de este programa itinerante es Elena Cataldi Fleming, fundadora de la Fundación Equinoterapia del Azul, quien ideó la propuesta a partir de una vivencia personal. En esa sala de espera, viendo el dolor, la incertidumbre y el desgaste emocional que implica atravesar una situación difícil de salud, sintió una necesidad muy profunda de aliviar, aunque fuera un poco, esa espera. Y pensó en sus caballos, en sus compañeros de la vida, en su presencia, en su sensibilidad, en su capacidad de conectar sin palabras. Ahí surgió la pregunta que lo inició todo: “¿Y si llevamos los caballos de la Fundación a esos lugares donde tanto se los necesita?”. La guerra ya golpea a los fertilizantes: la urea subió hasta un 20% y el mercado quedó en pausa En diálogo con LA NACION, Cataldi recordó cómo nació el programa. Hace aproximadamente dos años, mientras acompañaba a un sobrino internado por un tratamiento oncológico, veía los chicos en sus cuartos que estaban en una situación difícil por las largas horas de espera. Y describió ese clima hospitalario repetido: “Pensaba en lo complejo y monótonos que eran sus días, con los mismos sonidos de las máquinas de los hospitales”. En medio de esa escena, comenzó a imaginar una alternativa. “Empecé a pensar qué se podía hacer tal vez para ofrecerles un ratito distinto de alegría”, dijo. La respuesta apareció casi naturalmente: “Obviamente se me vino a la cabeza los caballos que son mis grandes compañeros de camino. Empecé a mirar por las ventanas y a darme cuenta que podíamos llegar al menos por ahí, aunque sea que los chicos puedan mirarlos a través de un vidrio”. Ahí nomás pidió una reunión con el director del hospital y así tomó forma la idea de acercarlos hasta el lugar. Tras las gestiones, llegó el día esperado. “Fuimos con cinco caballos y un equipo completo de terapeutas y asomamos por la guardia esperando a ver si nos bajaban los chicos”, relató. La imagen quedó grabada en su corazón: “Fue una enorme alegría cuando vimos que se abrió la puerta y bajaron los chicos, algunos con oxígeno inclusive”. Y la experiencia se repitió. “Volvimos una y otra vez, para Navidad, para Reyes Magos, con los caballos con alforjas, con golosinas”, contó. Con el tiempo, la iniciativa se expandió a hogares de niños. “Hay algunos que no pueden venir a la fundación o porque no tienen permiso o porque están judicializados”, señaló. Fue así que decidieron que, los sábados, cuando no trabajan en la sede, los caballos viajen en tráiler hacia esos destinos. El programa dejó de ser solo una visita recreativa para incorporar un abordaje emocional. “Queríamos que cada visita no sea solo un momento lindo, sino enseñarles a trabajar las emociones”, explicó. Así surgió la idea de que cada caballo ayudara a gestionar un sentimiento. “Por ejemplo, el caballo de la tristeza llega con lápices y cuadernitos para dibujar qué es lo que te pasa. El del enojo llega con molinitos de viento que te enseñan a respirar”, detalló. La propuesta tomó una dimensión terapéutica. La tercera etapa llegó casi sin planearla: el penal. “Tuve una reunión con las autoridades pertinentes y me dijeron que les parecía que podía ser algo exitoso”, relató. La articulación se dio junto con la Fundación Espartanos y autoridades del Servicio Penitenciario. El sábado pasado fue la primera visita con caballos dentro de la Unidad Penal N°1 de Villa Las Rosas. “Realmente fue increíble lo que vivimos”, afirmó Cataldi. Hubo juegos, trabajo en equipo y una propuesta novedosa: una fusión entre el pato y el rugby, idea surgida de un interno. Uno de los momentos más conmovedores fue el de un hombre que, antes de comenzar, confesó que atravesaba un día muy difícil. Incluso había pensado en no participar. Finalmente se acercó. Después de la experiencia, expresó que se iba “en calma, en paz” y que había sentido “una serenidad que hacía mucho no experimentaba”. Otro interno, oriundo del campo y con nueve años de encierro, pudo galopar. Al terminar, dijo que en todos esos años era “el único momento en el que logró olvidarse por un rato de dónde estaba”. Contó que mientras galopaba volvió a sentirse “libre y feliz”. Para Cataldi, el eje es claro: “El caballo no juzga, no pregunta por el pasado. Responde al presente y en ese presente se abren posibilidades”. En contextos complejos, esa conexión puede ser un puente hacia la calma y la dignidad. La Fundación Equinoterapia del Azul trabaja hace más de 20 años en Salta con niños, jóvenes y adultos. “Creemos firmemente en el poder transformador de los caballos y en cómo pueden mejorar la calidad de vida de las personas, incluso en los contextos más difíciles”, sostuvo su fundadora. El programa “Caballos que visitan” reafirma ese propósito: acercar alivio y esperanza a quienes atraviesan situaciones de espera, vulnerabilidad o encierro. “Buscamos llevar amor, cariño, lindos momentos, tranquilidad, alivio y todos los beneficios que suceden cuando un ser humano conecta con un caballo”, resumió. La experiencia en el penal dejó escenas difíciles de olvidar: internos ayudándose para montar, otros acercándose solo para oír “el ruido al comer el pasto” que, según dijeron, “les daba mucha paz”. Pequeños gestos que, en ese contexto, adquieren otra dimensión, dijo la fundadora. “Estoy copada, fascinada porque todo empezó cuando yo estaba acompañando a un sobrino mío”, confesó Cataldi, a quien perdió hace un mes y medio. En medio del dolor, el proyecto creció. El próximo 26 de marzo, a las 19, la fundadora brindará una charla de su experiencia en la expo Nuestros Caballos, en la Rural de Palermo, en el marco de la Cumbre Internacional de Equinoterapia.