Apostó al matrimonio, sufrió una decepción pero logró concretar su sueño: “Mi hija y yo somos dos valientes”
2026-03-04 - 09:33
“Concretar mi proyecto de ser madre y formar una familia más allá de no tener pareja fue una decisión consciente, super sentida, una construcción lenta, muy lenta. Nada en mí surge fácilmente y mucho menos rápido; soy como una empresa constructora de proyectos, en donde aplico la determinación, visualizo y siento con todo el cuerpo lo que quiero materializar. Aplico perseverancia, dedicación, compromiso y, sobre todo, mucha paciencia conmigo misma. El deseo de maternar no lo pude relegar a través del tiempo, todo lo contrario, cada vez era más fuerte, y ese deseo fue el trampolín para emprender este camino hacia el encuentro con mi amada hija”. A pesar de las adversidades (juicios sociales, dudas internas y obstáculos logísticos como tratamientos médicos y trámites interminables), María Segunda Santamaría tomó decisiones firmes que la definen como una mujer inquebrantable. Elegir la maternidad monoparental no fue un arrebato, sino un acto de coraje deliberado: rechazó esperar por una pareja ideal, enfrentó el estigma con la cabeza en alto y perseveró en cada paso, desde las consultas médicas hasta las noches de incertidumbre emocional. Su persistencia se forjó en el fuego de la resiliencia: cada “no” del mundo exterior avivaba su determinación, convirtiendo el dolor en combustible para avanzar. Así, transformó las barreras en peldaños hacia su libertad. El sentido pleno de su vida Encontrar su propósito en la maternidad le reveló no solo la felicidad profunda de sostener a su hija en brazos, sino el sentido pleno de su vida: un legado de amor autónomo y empoderado. Hoy, vive con una alegría serena, donde cada sonrisa de su hija ilumina el camino recorrido y disipa las sombras del pasado. Esa persistencia no solo materializó su sueño, sino que le enseñó que la verdadera felicidad nace de alinear el corazón con acciones valientes, dándole un propósito eterno: ser el faro de fortaleza para la niña que eligió traer al mundo, y para sí misma. El diagnóstico de endometriosis la golpeó como un rayo: ya conocía bien la enfermedad porque su hermana menor la había padecido años antes, cuando apenas se hablaba de ella. En ese entonces, los tratamientos eran rudimentarios, como inducir una menopausia artificial por al menos seis meses para frenar su progreso. En su caso, cuenta, no servía de nada. Terminaba sometiéndose a una cirugía tras otra. “Mi ánimo se resentía cada vez más, aunque mi fe permanecía intacta. El cuerpo, en cambio, empezaba a resentir el abuso de medicamentos y procedimientos invasivos”, recuerda. Un abandono inesperado Junto a su esposo, intentaron tres ciclos de inseminación de baja complejidad, sin éxito. Después, se lanzaron a la ardua tarea de ahorrar para el primer tratamiento de fertilización in vitro, ya que aún no existía la Ley Nacional de Fertilidad. Pero el embarazo nunca llegó. “Experimentaba una frustración total, ira profunda y una tristeza abrumadora. Esa ansiedad me consumía. Apenas recuerdo momentos de conexión romántica con mi marido, de avanzar en equipo. Yo estaba destrozada emocionalmente y, con el tiempo, vi que se había convertido en una fijación obsesiva. Solo anhelaba la maternidad; estaba convencida de que concebiría mellizos, pero los meses y años pasaban en vano”. Esa brecha creciente con su marido llevó a María Segunda a exigir una charla, sintiendo que algo andaba mal en la pareja. “Para mi asombro, en un día cualquiera iniciamos la conversación, que duró apenas unos minutos: él anunció que quería separarse. Una semana después abandonó la casa y, poco tiempo más tarde, solicitó el divorcio. Al inicio, lo encaré con incredulidad, negándome a aceptar esa realidad brutal. Sentí rechazo hacia él por su partida abrupta, furia y un torbellino de emociones para procesar el duelo de ese matrimonio. Pensaba que el mundo se derrumbaba, porque creía que mi única chance de formar una familia era con ese hombre con quien me había casado y quien ahora me abandonaba”. Depresión Tras esa crisis imprevista, María Segunda cayó en una profunda tristeza, apatía total y un desgano que la impulsaba a pasar el día en la cama. Se sentía incapaz de cualquier iniciativa. Pronto, una psiquiatra le diagnosticó depresión. “Llegué a mi hogar sin saber qué hacer: ni siquiera podía decidir si acostarme a llorar o llamar a alguien. No tenía idea de cómo continuar. El plan de vida que había trazado se había evaporado. Marcó un punto de inflexión radical, un antes y un después en mi existencia”, confiesa. María Segunda consultó a una psicóloga y también a una psiquiatra, quien le prescribió antidepresivos y ansiolíticos. Poco después, cuenta, comenzó a notar un alivio genuino. Aun así, el verdadero punto de inflexión para superar la depresión, relata, llegó durante un viaje a Brasil junto a su madre, donde pudo abrirse por completo y descargar todo el peso acumulado de los años previos. “Era una cuestión de fe, de esperanza, mucho más allá de la ciencia” Ninguno de los golpes vividos en ese período logró apagar el anhelo profundo que María Segunda albergaba desde la infancia. Al contrario, ese sueño se convirtió en el eje de su existencia, en esa chispa interna que la motivó a perseverar. En siete años de intentos de adopción, cuenta, jamás la llamaron de ningún juzgado para adoptar a un niño, de modo que atravesando miedos y prejuicios se animó a hacer un tratamiento in vitro sola, apoyada en la Ley Nacional de Fertilidad que le permito acceder a un tratamiento sin costo económico, pero sin dudas con un alto costo emocional, y con la posibilidad de acceder a donantes anónimos, pues yo hacía muchos años estaba en menopausia. “Yo me decía a mí misma: ́Hacelo María, hacelo sola si es lo que hay, hacelo sin dinero si no lo tenés, hacelo cansada y frustrada. Incluso con todo ese miedo que te da, pero hacelo, andá por tu deseo y por esa necesidad casi orgánica que sentís de formar una familia. Era una cuestión de fe, de esperanza, mucho más allá de la ciencia”. Lágrimas incontrolables María Segunda decidió apostar por el segundo y definitivo intento con el embrión restante, después de tantos años de lucha que le habían robado noches de insomnio y sueños rotos. A los 48, el universo le enviaba una clara señal de que su sueño (ese vacío en el pecho que la había acompañado desde niña) finalmente se haría realidad, llenándola de una esperanza temblorosa. “Fui sola al laboratorio a retirar el sobre con el resultado del embarazo, el corazón latiéndome en la garganta. Del otro lado del teléfono, amigos y familia aguardaban ansiosos mi mensaje, conteniendo la respiración como yo. Al abrirlo, la emoción me cegó por completo: los números del beta positivo se me borroneaban ante mis ojos nublados por lágrimas de incredulidad y gratitud. Como aún no usaba anteojos, pedí a un empleado que los leyera por mí, y al confirmar el positivo, un sollozo profundo me sacudió el cuerpo entero. Lágrimas incontrolables brotaron como un río represado; en ese preciso instante, mi mayor anhelo (el que me había mantenido viva en la oscuridad) se concretaba. Ya no era la misma mujer herida: ahora era madre, con un calor expansivo en el pecho que borraba todo dolor pasado. Estaba convencida de que todo fluiría perfecto, porque lo merecía tras tanto esfuerzo personal, poniendo cuerpo y alma en el proceso completo, curando heridas emocionales una a una. Dios me había recompensado con esta luz cegadora”, recuerda con la voz quebrada por la emoción renovada. En minutos, su teléfono se descargó por la avalancha de mensajes, llamadas y cariño que inundaron su mundo tras compartir la noticia soñada, un bálsamo colectivo para su corazón herido. María Segunda vivió ese embarazo con una vitalidad única, inédita en su vida: una felicidad radiante que le hacía brillar los ojos, una paz serena en el alma y una conexión profunda con la vida creciente en su vientre. “Mi hija y yo somos dos valientes que nos amamos fuerte” Feliz, contó los días hasta la cesárea programada para el 5 de diciembre de 2018, ansiosa por descubrir el rostro de Esmeralda por primera vez, imaginando ese encuentro como el cierre perfecto de su odisea emocional. “Logré un embarazo hermoso y me reconvertí una vez más en la vida, esta vez fue en madre primeriza y soltera, ahora digo orgullosa: tengo una familia monoparental, mi hija y yo somos dos valientes que nos amamos fuerte, nos acompañamos y aprendemos juntas”, dice. Y agrega: “Hay mujeres a las que el destino les ofreció otras posibilidades, por ejemplo, una familia convencional, un marido que acompañe y con quien compartir la maternidad. Otras, en cambio, ni con muchos tratamientos de fertilidad han logrado un embarazo. A mí me tocó esta forma, y ya no importa si es la que quería o no, me tocó esta manera de armar mi familia y creo que todo es perfecto como sucede. Sin dudas, nuestra familia es un milagro”. Hoy, con Esmeralda de siete años, María Segunda canaliza su energía en protegerla de pantallas prematuras. “Cuidarla es priorizar el juego libre, el aburrimiento creativo y el descubrimiento real. Los dispositivos llegarán después, con propósito educativo, no como ocio infantil”, afirma convencida. Hace años, impulsó Ola Solidaria, un proyecto entrañable donde recolecta donaciones de alimentos de empresas aliadas y las distribuye a fundaciones en La Rioja y Misiones. “Me nutre el alma: Esmeralda me acompaña a retirar cajas, y juntas transportamos regalos para ‘mis otros ahijados’ del interior, a quienes amo de lejos, sabiendo sus carencias. Es compromiso vivo, solidaridad en acción, empatía que le enseño con el ejemplo desde chiquita. Ser mamá soltera no frena este sueño; cada día agradezco esta felicidad inmensa de ayudar más y más”.