Adaptaron un auto para cruzar el Atlántico a vela, los creyeron muertos y hoy su historia da la vuelta al mundo
2026-03-26 - 19:10
Hay historias tan insólitas que uno se pregunta cómo surgieron en un primer momento. “Todo gran sueño comienza con un gran soñador”, dice el famoso refrán de Laura Ingalls Wilder. Ahora bien, ¿qué pasa cuando ese sueño atraviesa generaciones? Esta historia empieza con un soñador que transmitió su anhelo a sus hijos y que, al concretarlo, le rindieron homenaje. Lo bueno de los sueños es que, no importa cuán alocados sean, siempre hay lugar para más. Este es el caso de uno de ellos: una idea tan bizarra como cruzar el océano Atlántico en auto. La historia comienza con Giorgio Amoretti, un artista, fotógrafo y viajero italiano, oriundo de La Spezia. Tenía el proyecto ideado hace décadas con un objetivo muy claro: demostrar que un auto podía transformarse en un bote, con la capacidad de cruzar el Atlántico desde Europa hasta América. No era una idea improvisada. Durante la década del 70 desarrolló un prototipo a partir de un Volkswagen escarabajo adaptado, el cual pudo trasladar hasta las Canarias, punto de partida para su plan maestro. El proyecto, sin embargo, quedó inconcluso. Las autoridades españolas frenaron el intento por razones de seguridad. Lo que primero fue una pausa pasó a ser una cancelación, cuando un diagnóstico de cáncer terminal le impidió a Amoretti poder concretar su sueño, o siquiera intentarlo. Los sueños no desaparecen, y menos aún cuando inspira a la siguiente generación a darle un nuevo intento. Corría el año 1999 y sus hijos Marco, Fabio y Mauro Amoretti, junto a un amigo, Marcolino de Candia, tenían la decisión de retomar el plan original. No contaban con conocimientos técnicos ni apoyo institucional, pero tenían el antecedente de su padre, una convicción y dos autos. Eligieron un Ford Taunus y un Volkswagen Passat y los adaptaron para que cumplieran la simple función de flotar y resistir. Los vehículos mantuvieron su estructura original y se les incorporaron espuma de poliuretano y poliestireno, unas velas y paneles solares para alimentar los equipos y sistemas básicos de navegación y comunicación. Por otro lado, fueron atados entre sí con sogas para evitar perderse en mar abierto, una decisión que resultaría clave durante toda la travesía. No había propulsión real: avanzar dependía exclusivamente del viento y las corrientes. El 4 de mayo partieron desde la isla de La Palma, en las Canarias. La idea original era llegar a los Estados Unidos, sabiendo que al estar condicionados por las corrientes del océano, cabía la posibilidad de encontrarse con distintos resultados. Con mucha ilusión, y con la esperanza de poder cumplir el sueño de su padre, el grupo se lanzó a mar abierto. Ningún sueño es fácil de concretar. A los pocos días, el encanto comenzó a desvanecerse y aparecieron los desafíos: mareos intensos, agotamiento físico, condiciones climáticas severas y, en consecuencia, problemas de salud. Fabio y Mauro no resistieron y tuvieron que abandonar el objetivo. La aventura empezó a desarmarse, pero dos tripulantes perseveraron. El desafío dejó de ser experimental y pasó a convertirse en una verdadera prueba de resistencia. Durante cuatro meses, los autos avanzaron juntos, a la deriva, recorriendo más de 5000 kilómetros. La vida a bordo implicaba administrar unos 300 litros de agua, comida seca y lo que lograran pescar. El espacio era mínimo y las rutinas se encontraban condicionadas por el clima: fuertes tormentas, calores extremos en espacios reducidos, que les impedían moverse con normalidad. Marco Amoretti y Marcolino De Candia dormían en estructuras improvisadas sobre los vehículos y recurrían a los interiores como refugio en situaciones críticas. Al agotamiento se le sumaron, a su vez, las tareas de mantenimiento constante. Los autos se encontraban cada vez más oxidados, las sogas que los unían se rompían seguido debido a la fuerza del mar y se veían obligados a meterse al agua para arreglarlas. Las condiciones llegaron a un punto crítico cuando su teléfono satelital dejó de funcionar luego de una tormenta, encontrándose aislados en medio del océano durante varias semanas y creyéndolos muertos durante semanas. En tierra firme las noticias tampoco eran alegres. Mientras continuaba la travesía, Giorgio Amoretti falleció en Italia el 28 de mayo de 1999. A pesar de haber recuperado la conexión satelital, los familiares decidieron no comentarle la noticia a los aventureros, con tal de no desalentar el espíritu de la misión y mantener la motivación intacta. Luego de 119 días y 4700 kilómetros, el 31 de agosto de 1999, los dos autos llegaron a la isla de Martinica, en el Caribe. No era el destino previsto, pero la travesía estaba completada y el sueño de Giorgio Amoretti había sido finalmente cumplido. Los autos llegaron a tierra completamente deteriorados y oxidados tras meses de exposición al agua salada y sus tripulantes fueron recibidos entre aplausos por decenas de personas. La hazaña de los conocidos “autonautas” quedó registrada como una de las aventuras más atípicas de la historia de la navegación. Sin tecnologías especiales ni respaldo institucional, y con incontables fallas y limitaciones, a veces lo único que persevera es la fuerza del soñador. Fue el cierre de un proyecto anhelado durante décadas: un intento fallido que se transformó en un objetivo heredado y en la forma que encontraron sus hijos de homenajear a su padre de la mejor manera que supieron.