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A una década de la profecía de Chacho Coudet con LA NACION

2026-03-04 - 13:43

Asomaba septiembre de 2016 y era una mañana fresca en Arroyo Seco. En el predio de Rosario Central, Eduardo Coudet matizaba sus divertidas ocurrencias con un entrenador que ya mostraba obsesiones y un perfil riguroso. “Cuando empecé a dirigir era consciente del preconcepto que el ambiente iba a tener conmigo. ¿Y sabés qué? Era lógico. Que pasara a ser entrenador el mismo que se pintaba la cabeza cuando jugaba iba a generar una desconfianza y yo estaba preparado para eso”, asumía y, a la vez, se detenía en una moderna cortadora de césped que le aseguraba una alfombra de 16 milímetros para las canchas del complejo. “Un buen campo de juego despierta las ganas de jugar. Contagia, entusiasma... y además, ya que estamos, los deja sin excusas a los futbolistas”, explicaba, y retrataba a ese hombre que sin perder su esencia chispeante también advertía que estaba en cada detalle. El diálogo con LA NACION se prolongó durante casi dos horas. Y cuando la charla buceaba por el horizonte de su carrera y los planes a futuro, escuchó la pregunta: ‘¿No te gustaría llegar a River algún día?’. Y respondió sin vacilar, como si se hubiese adelantado varias páginas en el guion: “Seguramente algún día me va a tocar dirigir a River, estuve mucho tiempo ahí... Sé que voy a dirigirlo. Pero hoy me veo en Central. Si me preguntas si proyecto el futuro, te digo que no. Ahora, me preguntás: ‘¿creés que algún día vas a dirigir a River?’ Y, sí. ¿Pronto? No. Hoy me veo en Central. Esa es la verdad, sino te estaría mintiendo”. Vaya profecía. Entonces, el técnico de River era... claro, Marcelo Gallardo, que un mes antes había levantado su quinto título como DT Millonario, la Recopa Sudamericana, y ya atesoraba la Copa Sudamericana 2014, la Recopa Sudamericana 2015, la Libertadores 2015 y la Copa Suruga Bank 2015. Gallardo estaba construyendo su estatua. Aquel Coudet que acababa de cumplir 42 años –hoy tiene 51-, y que todavía trataba de digerir un escandaloso arbitraje de Diego Ceballos en la final perdida con Boca en la Copa Argentina 2015, confesaba que sufría mucho en la derrota: “Trato de darle un corte a la angustia al día siguiente de perder, pero me cuesta. Tengo un rato bastante largo hasta bajarme del partido. Necesito paz, dejame, en esos casos mejor dejame...” Futbolero compulsivo, admitía que nunca se despegaba de una pelota... “Lo intento... apago el teléfono cuando voy a mi casa y lo enciendo al otro día cuando estoy por llegar al entrenamiento. Pero muchas veces me habla mi señora y le digo... ‘eeeeehhhh’. Y, claro, ella me dice: ‘Te estaba pasando el 4, el 9 estaba haciendo el gol, o estás pensando que necesitás un N° 5...’ Y a veces acierta en lo que estoy pensando, que es lo peor”. Y entonces soltaba la carcajada de siempre. -¿Tenés que cuidar más las formas como técnico? -La edad te lleva a tener otra seriedad y ver las cosas desde otro lado. Pero nada me quita disfrutar del día a día y sentir que puedo estar cerca del jugador desde un mensaje claro: a la hora de trabajar se acaba la joda y el que toma las decisiones soy yo. Soy claro y frontal, y eso no implica ser un dictador. Decir las cosas a tiempo evita un montón de inconvenientes. -¿Lo que más valorabas de tus entrenadores era la frontalidad? -Yo intento hacer todo lo que me gustaba de mis entrenadores e intento no hacer lo que me molestaba. A veces lo logro, y a veces quizá no puedo porque soy un tipo con carácter y estoy al mando de un grupo numeroso. Muchas veces tenés que mostrar que sos la cabeza del grupo. El técnico debe ser directo, no hay que dar vueltas. Yo puedo estar tomando mates con vos, y después te digo ‘no jugás’. De hecho, tengo amigos dentro del plantel de Central y ellos saben que yo estoy para tomar la mejor decisión. -¿Podés ser amigo de tus dirigidos? -Sí, sí... Y me pasa algo que es contraproducente para la profesión: me encariño mucho con el jugador. Es difícil porque tenés que tomar decisiones que te duelen, pero las tomo convencido. Es cierto que muchas veces esas decisiones no me dejan dormir o me hacen sentir mal, pero a la vez sé que son las correctas. Es la parte es la más sufro, pero para eso estoy. Es un sentimiento encontrado: estás bien con vos porque tomás la decisión que creés que corresponde, pero te duele porque sabés que a alguien vas a perjudicar. En estos diez años, su carrera se nutrió de los pasos por Tijuana, Racing, Inter de Porto Alegre -2 ciclos-, Atlético Mineiro y Alavés. Por entonces, a la hora de definirse como técnico, elegía la siguiente definición: “De los técnicos que tuve, del que más tomo cosas es de Manuel Pellegrini... y del Turco Mohamed, que fue uno de los que más me marcó. Y para completar una licuadora de la que saldría yo, incluyo al Cholo Simeone porque me gusta su liderazgo para transmitir y convencer una idea. Si ves un equipo mío y uno de Simeone se notarán propuestas distintas desde lo táctico, pero él tiene un plantel convencido de lo que hace y admiro como gestiona la idea que propone. Y cuando lo miro, siento que en el partido le están pasando muchas cosas que también me pasan a mí. -¿Qué no negociás con el jugador? -La actitud. Este es un deporte de contagio, sino fuese así, ¿cómo explicás que el día que el equipo es un desastre nadie le puede dar un pase al compañero? Uno empieza a errar, y otro y otro... y en un momento ni un pase a dos metros sale. A mí me gusta cuando el equipo logra revertir un partido. El ideal para jugar mal es el primer tiempo, porque en el entretiempo tenés 15 minutos que son muy buenos para poder corregir un montón de cosas. -¿Intervenías más como jugador o como técnico? -El jugador es el único dueño... Cuando notás que no tenés esa primera reacción para recuperar, o no juntás pases, el equipo deja de sentirse cómodo con la pelota... y el entrenador la ve venir, entonces más loco te volvés y desde afuera querés tratar de transmitir que vuelvan a meterse en el partido. Hay que tranquilizarse y hacer un pase de más para volver a sentirse cómodo con la pelota. Es la pelota lo que te da calma, sino seguís en la vorágine de la verticalidad y no salís nunca de eso. -¿Qué te reconforta como técnico? -Como me encariño con el jugador, su crecimiento me llena. Yo quiero enseñarle hoy al jugador, no quiero que llegue a Europa para que aprenda a entrenarse, a comer, a cuidarse, a descasar, a recibir perfilado, a resolver en un tiempo antes. No, no, aprendamos acá. Juntos podemos y yo tengo que darle todas las herramientas. -¿Cómo te llevás con las críticas? -Bien...Intento ser realista, y si me preguntás cómo fue el partido te contesto lo que pienso. Te lo podría dibujar, pero no soy así, te digo lo que ví. El periodista está preparado para criticar, pero no para recepcionar. Cuando yo les repregunto, a veces ustedes se sienten agredidos, hasta alguno se me enojó. Yo no me puedo quedar callado... Ustedes piden hablar si casette, pero en realidad cuando dicen eso buscan un título que a mí me haga quedar como el culo. Si te contesto una boludez cuando me preguntaste una boludez, ¿por qué no lo toman bien? Asumía hace una década, antes de los dos títulos con Racing y el estadual con Mineiro, las dificultades del torneo argentino. Pero a la vez, confesaba que eso mismo lo atrapaba: “En el fútbol argentino, rival contra el que te enfrentés, es duro. Es el futbol más difícil del mundo. Por todo: por la competitividad, por la cabeza que tienen todos los jugadores de todos los clubes, todos se animan, todos cree que pueden salir campeones. Y también es el más difícil por las presiones: acá nadie está tranquilo... o porque peleas el título, la Copa o el descenso. Y la gente es pasional, exige... pero eso también es lo que nos gusta, ojo, seamos sinceros”. A 10 años de su profecía, acaba de entrar en un River lleno de urgencias y presiones. Está dónde quería estar, dónde anticipó que iba a estar.

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