10 bares imperdibles de la movida histórica de Madrid en los que se vive la magia de la ciudad
2026-03-15 - 19:13
Las noches en Madrid son una invitación para acercarse a bares míticos. Se llaman Penta, Vía Láctea o Madrid Me Mata: locales que los nuevos halos parecen santificar, pero fueron bendecidos hace ya varias décadas por la historia madrileña. Se convirtieron en epicentros de la movida, un movimiento que abarcó todas las facetas de la cultura y sacó a Madrid de la periferia de una Europa que todavía miraba a la península con reserva después de tantos años de franquismo. Las fachadas son comunes y las marquesinas lucen envejecidas, pero aquellos locales destilan todavía la energía de una fuerza transformadora. Fueron parte de la mutación que convertiría a la capital española en la ciudad más festiva, deseada y llamativa del continente. Todavía siguen formándose filas de noctámbulos –españoles y extranjeros– que esperan que se haga lugar para ingresar y tomar cervezas, compartir charlas, risas y escuchar música. Cada cual viene en busca de su propia movida, con poco o mucho de aquella que formó la leyenda de Madrid. Si la movida madrileña tuvo un epicentro, hay que situarlo en Malasaña y más precisamente entre las estaciones de metro Tribunal y San Bernardo. Ahí se cruzaban músicos, cineastas, fotógrafos, artistas y noctámbulos en una época de efervescencia cultural posfranquista. Entre ellos estaba Juan Cook: mitad inglés, mitad español, que recién salía de la adolescencia. Hoy, como hace más de cuatro décadas, vuelve a las mismas calles, las mismas puertas y los mismos carteles. La Vía Láctea, 2D, Madrid Me Mata... El fan de los primeros años se convirtió en productor musical en los 90 y se codeó con muchas personas que formaron parte de la movida. Es un guía privilegiado para este paseo de la nostalgia, esta peregrinación hacia un tiempo que lo cambió todo. La reserva natural a 120 kilómetros de Capital que nació de una historia de amor Hoy, ese pulso se reconoce por detalles concretos: un mural que no se movió de lugar, un póster amarillento, una playlist que sigue girando en torno a los 80 y los 90. La chica de ayer sigue bailando El ritmo del garaje. Para llegar al primero de ellos, la Plaza del Dos de Mayo es un buen punto de partida. Desde ahí se camina fácil hacia las calles Velarde, Palma y Corredera Alta de San Pablo, donde se concentran varios “sobrevivientes”. El Pentagrama, o El Penta, como lo nombra con cariño Juan Cook, está en la Calle de la Palma, 4. Nació como bar de copas cuando esa idea todavía no estaba estandarizada: no del todo bar y no del todo discoteca. Una barra para pedir tragos y una mini pista para moverse. Hoy funciona casi como un pequeño santuario, con referencias visibles en la sala y una atmósfera que no intenta modernizarse. Es una isla ochentosa, una burbuja sonora, una trampa nostálgica donde más vale quedarse un rato. Uno de esos sitios que se disfrutan cuando se baja el ritmo propio para captar el de la época que evoca. Los clásicos suenan desde la platina del DJ, pero también ocupan las paredes. Mirar y escuchar, mientras Juan detalla: “Antonio Vega frecuentaba mucho este local y lo mencionó en La chica de ayer, que se editó en 1980. Por esto hay tantas referencias hacia él en el Penta, como una placa encima de la barra que lleva una dedicatoria con su nombre. El mural de la pared lo pintó su primera mujer, que se lo dedicó”. Todo se mantiene igual La noche borra las distancias, pero también los tiempos y las épocas. En pocos minutos se llega a La Vía Láctea, en el 18 de la calle Velarde, la segunda parada de este viaje al corazón de la movida. Juan explica que “no ha cambiado absolutamente nada este bar desde su apertura. Perduran todos los murales y la decoración, pintados por una pareja de artistas muy importantes que se hicieron conocer como Costus. Todos los grandes grupos de esa época pudieron empezar aquí, pero este fue, además, el lugar donde dio su primer concierto en España Nancy Sinatra, la hija de Frank”. Para muchos, sigue siendo la “capilla” del pop-art madrileño. No es que se lo pueda tildar de grandilocuente, sino que su estética se volvió la referencia visual de una época. Incontables talentos, reconocidos o frustrados, pasaron por su sala, que ocupa ahora un imponente billar. Durante mucho tiempo, ese mismo espacio fue una plataforma de bandas emergentes que tocaban en vivo. Hoy el interés está en el clima que destilan sus paredes. Dormir entre las copas de los árboles, la nueva propuesta en Puerto Iguazú A continuación, el itinerario preparado por Cook llega hasta las puertas de Madrid Me Mata, en Corredera Alta de San Pablo, 31. El nombre es una referencia a un fanzine que hizo historia. Ahí la movida se exhibe. Es en un híbrido de bar y museo donde se recuerda la época con objetos, fotos, afiches, piezas vinculadas a la estética y a los protagonistas del movimiento. Hay instrumentos, vestimenta, tapas de discos y más. Los Costus están presentes otra vez con una pieza de su trabajo. Alaska también, al igual que Tequila. Desde allí, de nuevo a la calle Velarde, pero al número 24, para conocer el 2D, un garito que es sobre todo una tasca, donde los músicos de la movida y su público paraban para comer unas tapas. Nuestro guía explica que “es una parada útil también para entender que la movida no fue solo pista y escenario. Había barras de barrio donde se paraba a comer, conversar, respirar”. Necesidades básicas, incluso durante la época más eléctrica y excesiva de la historia de la ciudad. Se pueden sumar algunos locales más a este derrotero, como Tupperware (Corredera Alta de San Pablo, 26), tan chico que uno debe “entrar, pedir, mirar, salir”... por no conseguir lugar la mayor parte del tiempo. Está también El Sol (Calle Jardines, 3), una sala de conciertos con peso histórico. En la movida fue refugio de la “nueva ola” y de bandas que después se hicieron masivas. Mantiene la “lógica del sótano”, con su escenario cercano, y sigue programando noches con música en vivo. La noche está muy avanzada, pero Madrid no duerme nunca, y menos que menos en Malasaña. Un buen plan es seguir el paseo en El Rastro. El famoso mercado también es una ventana al pasado, donde la movida está en clave diurna, con discos, ropa o memorabilia. Luego de una noche con la cabeza entre las estrellas del pasado, lo primero que viene a la mente es uno de los himnos de la movida: “¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga?”. Los locales mezclan gente, edades, idiomas, música y estéticas. “Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”. ¿Quién mejor que Alaska para darle un broche de oro al paseo?